Una mirada al nacionalismo desde la antropología evolutiva

Existe un experimento especialmente revelador para entender el nacionalismo. Lo dirigió Robbers Cave en un campamento de verano. Escogió a 22 chicos de la misma edad, con unas características semejantes y que no se conocían entre sí. Los dividió en dos grupos. La intención era dejar que cada grupo pensara durante una semana que estaba solo en el campamento (fase 1), para luego revelarles la presencia del otro grupo y así observar los resultados en la previsible situación de competencia que se generaría (fase 2). Para sorpresa de los investigadores, la hostilidad apareció incluso antes de que los dos grupos se encontraran directamente. Cuando llegó el momento de competir frente a frente, se pasó de inmediato a las descalificaciones y, muy poco después, a los palos y las piedras.

La fase 3 del experimento, al modo de la dialéctica hegeliana, consistía en unir a los dos grupos en uno solo pacífico. Pasar a esta fase costó un enorme esfuerzo. Sin duda, es mucho más fácil dividir a la gente que volver a unirla. Se hizo necesario promover “objetivos extraordinarios” y aun así la unidad alcanzada fue frágil y expuesta continuamente a la ruptura.

Entre los procedimientos más eficaces para generar conciencia de grupo está el de recurrir a un enemigo común. Se sabe que incluso los primates apelan a esta amenaza exterior como un modo de reducir las tensiones internas del grupo. Se necesita un “ellos” para generar un “nosotros”. En el caso del experimento tenía que ser un enemigo lo suficientemente poderoso como para que ningún grupo por su cuenta pudiera enfrentarse a él con éxito (únicamente un rival de este nivel haría olvidar -al menos de manera provisoria- la enemistad entre ellos).

Las conclusiones fueron claras: la mera división en grupos es motivo suficiente para disparar una conducta discriminatoria. No es necesaria la intervención de ningún investigador ni de ninguna situación experimental: la gente se divide en grupos de una manera rápida y espontánea. En general, basta coger un grupo de chicos, permitirles desarrollar una identidad grupal y luego dejarles descubrir que hay otro grupo que reclama ciertos derechos sobre un territorio que ellos consideran “suyo”: el resultado inevitable será el enfrentamiento hostil. Es bien sabida la rivalidad de pueblos vecinos que, a pesar de compartir una misma base étnica, cultural y económica, son capaces de alcanzar al odio con el menor desencadenante.

¿Por qué ocurre algo así? La explicación principal nos la ofrece la historia evolutiva de nuestra especie. Durante muchos millones de años los primates han vivido en grupos. Su supervivencia individual ha dependido de la supervivencia colectiva. El poder emocional de la grupalidad tiene, pues, un largo recorrido filogenético, debido a que nuestra única esperanza de supervivencia pasaba por el grupo.

Frente a este sentimiento ancestral, los griegos descubrieron la universalidad. De su mano, el hombre daba un paso decisivo para liberarse del último lazo que le ataba a la fatalidad gregaria y animal. El hecho humano -lingüístico, racional, artístico…- se ponía resueltamente por encima de sus concreciones locales. Por eso, los filósofos helenos de entonces fueron extraordinariamente críticos con sus dioses y sus tradiciones (y por eso también muchos de ellos fueron condenados a muerte). Esta apertura a lo universal -que podemos denominar `civilización´ a secas- ha sufrido avances y retrocesos a lo largo de los siglos. Cabe destacar, sin duda, el periodo ilustrado, que declaró su ambición de basar nuestra convivencia en la racionalidad común y cosmopolita. La reacción anti-ilustrada, por su parte, supuso la reaparición con más fuerza que nunca del `nosotros´ identitario y étnico. Los dirigentes no tardaron en comprender las posibilidades de una doctrina que situaba siempre, por principio, el enemigo fuera (¿qué mejor herramienta, por ejemplo, podía existir para detener el empuje de la clase proletaria?).

En el siglo XX la doctrina nacionalista provocó dos guerras mundiales e innumerables episodios violentos. Sin embargo, nada parece anunciar en la actualidad su declive. Por el contrario, goza de extraordinaria salud, incluso en lugares privilegiados económica y culturalmente, como Cataluña. Es más, fenómenos como la revalorización actual del papel del sentimiento en la vida pública, a menudo aderezada con abundantes dosis de anti-intelectualismo, favorece su causa.

¿Cómo es posible esta situación más de dos siglos después de la Ilustración? De nuevo tenemos que recurrir a la historia evolutiva humana. Nuestro cerebro tiene una estructura modular. Alguno de sus departamentos son accesibles a la conciencia y otros no. En lo relacionado con la conducta social nuestro cerebro tiene dos áreas: una destinada a las relaciones interpersonales y la otra a los grupos. La primera es accesible a la mente consciente, pero la segunda, en gran medida, no. Y ello tiene unas consecuencias extraordinarias. No es que el sentimiento de pertenencia a una nación sea más profundo que la amistad o el amor personal, sino que escapa más al control consciente y es, por ello, más peligroso. Los procesos relacionados con la grupalidad generalmente ocurren por debajo del nivel de la conciencia y adquieren una cierta cualidad ciega, instintiva, automática.

En definitiva, la grupalidad está registrada poderosa e inconscientemente en nuestra conducta. Eso nos exige una actitud racional de desconfianza y reflexión, pues -como dice Savater- “todos llevamos un brote nacionalista dentro”. El objetivo civilizado no sería sino una versión actualizada del freudiano “donde reine el ello, que reine el yo”; es decir, no dejarnos arrastrar por fuerzas inconscientes despersonalizadoras. Humanidad y libertad son la misma cosa, pero es preferible hablar de liberación y no de libertad, pues no se trata de un don natural ni de un estado, sino de una acción. Y esa liberación demanda, de manera preferente, desasirse de las parcialidades y cegueras que toda cultura particular conlleva.

¿Y cómo llevar a cabo esa tarea de tutela racional sobre los oscuros mecanismos de identificación grupal? Pues en primer lugar, conociendo a qué nos enfrentamos (este breve apunte pretende ser una humilde contribución en esa línea); en segundo lugar, desmontando (arrojando luz) sobre sus falacias favoritas; por ejemplo, que las personas con diferentes orígenes no pueden comprender plenamente las experiencias del otro; que el valor de una idea depende de la vivencia afectiva de quien la defiende; que existen derechos de los territorios, etc. En tercer lugar, mostrando las verdaderas raíces, aquellas que compartimos todos los seres humanos: el uso de los símbolos, la disposición racional, la conciencia de que vamos a morir, la capacidad de prever el futuro y de recordar el pasado, el humor, etc.

Una triple tarea educativa. Qué lástima que la enseñanza en nuestro país sea el otro desastre.

Carlos Rodríguez Estacio

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