SI QUIERES LA GUERRA, PREPARA LA “PAZ” (Respuesta a Fernando Puyó)

  1. Entiendo que la tesis que defiendes es la siguiente: “el valor de una ley proviene fundamentalmente de la aceptación social excepto en casos de Derechos Humanos y dignidad humana”. Pero el problema no está en la tesis, sino en cómo la aplicas. Recordemos lo obvio: en democracia, los ciudadanos eligen a sus representantes y estos hacen las leyes. Por tanto, la aceptación social más que deseable es inevitable. “Si no haces leyes que nos gusten, entonces elegimos a otros que sí lo hagan”.

  2. Presumir lo que quiere la ciudadanía por otra vía que no sean elecciones (legales y con garantías, obvio es decirlo) es un ejercicio siempre arriesgado y, sobre todo, innecesario. Los mismos que interpretan a la ciudadanía se niegan a convocar elecciones. ¿Para qué -se preguntaran-, si ya somos portavoz de la auténtica catalanidad? (Rufián lo dijo muy claro: los que se manifestaron el domingo no son catalanes).

  3. Una y otra vez te colocas en el ángulo de los independentistas disconformes con la ley española (¿crees de verdad que es una reclamación de la población mayor niveles de autogobierno o más bien de sus élites golfas?, ¿de verdad es un problema? Y si lo fuera, ¿justifica la violencia invertida?). Pero nunca te pones en la perspectiva de los catalanes no independentistas que están sufriendo un acoso de inequívoco sesgo totalitario. Aquí sí que hay derechos fundamentales vulnerados. A diario. Sin embargo, al parecer, no tienen derecho a ser escuchados ni a dialogar. No han sido suficientemente violentos. ¿Deben dejar de cumplir las leyes que no les gustan, empezar “a tomar las calles”, reventar algún vehículo de la policía que les “ocupa” (los mossos), a organizar una policía privada, etc., para ganarse el derecho a dialogar? Ya puedes imaginar qué efectos tendría eso en la paz que declaras. Su nombre es guerra civil. Si no se ha producido, al igual que en el País Vasco, es porque solo un bando ha recurrido ahora a la violencia.

  4. Por supuesto que no debe “haber límites a las peticiones democráticas de la ciudadanía, salvo si estas atentan contra la dignidad humana o los derechos humanos”. Pero el problema no es lo que piden, es lo que hacen. Yo puedo solicitar a una mujer yacer con ella, y no es nada ilegal; lo que no puedo hacer es violarla.

  5. Si cumplir una ley depende en Cataluña del porcentaje de personas a favor o en contra, tenemos un problema, pues la sociedad allí está dividida casi por la mitad. ¿Cada bando está exento de cumplir las leyes no aceptadas socialmente? La ley preserva de la guerra entre las dos facciones. ¿Debe la policía consultar la opinión popular en un barrio gitano antes de cualquier operación? ¿Se cumplen las mismas reglas en Derecho Internacional? ¿Es democrático que España deje de pagar una deuda a un país extranjero si una mayoría de su población considera que es preferible no pagar nada? ¿O es obligatorio cumplir con lo que ha pactado?

  6. Por lo demás, en Cataluña se han saltado no ya la ley española sino también la ley catalana, la ley del Parlament, los informes jurídicos de sus asesores, y hasta sus propios compromisos. Esta inseguridad jurídica es profundamente anti-democrática y se traduce en un “hago lo que quiero cuando quiero”, más propio del Antiguo Régimen. La ley es lo que limita el margen de acción del que manda. Si se suprime el referente legal, el mandatario queda con las manos peligrosamente libres. De ahí la incertidumbre total cada vez que anuncian que van a hacer declaraciones: puede pasar absolutamente cualquier cosa. Como Kim Jong-un, otro enemigo de la ley. El ministro de Justicia nazi, Franz Gürtner, dijo que “la Ley renuncia a su pretensión de ser la única fuente para decidir lo que es legal y lo que es ilegal”. En vez de ello la base moral de la ley tenía que ser el “orden ético del pueblo”, fundamentado en un “sano sentido común” racial.

  7. Las actuaciones de los (des)gobernantes han creado situaciones peligrosísimas para la población, han incitado al odio, han animado a tomar las calles y a ejercer la violencia (tienen hasta un exiliado político: Boadella), han utilizado las instituciones para una manipulación gobbelsiana, han reconvertido a los mossos en policía privada, han prevaricado continuamente, han mentido de manera radical y tóxica (España ens roba), han malversado fondos públicos, han utilizado las subvenciones a modo de compra de voluntades para su proyecto excluyente y totalitario, han violado aspectos básicos parlamentarios (no concediendo la palabra a la oposición), han inventado un referéndum que ni Berlanga pudo soñar (con intención de convertir en extranjeros a la mitad al menos de sus ciudadanos), etc., etc., etc. ¿Cómo es posible siquiera plantear que no van a responder por eso? ¿No somos todos iguales ante la ley? No hay nada menos democrático que la impunidad. Ni nada que tenga consecuencias más catastróficas a corto, medio y largo plazo.

  8. Nadie dice que el conflicto se pueda “resolver con la mera aplicación de la ley”. Pero es el insoslayable punto de partida y fija los límites por donde pudiera discurrir cualquier posible diálogo.

  9. Los argumentos que expones son los mismos que escuchábamos cuando ETA. La realidad es que ETA se diluyó como azucarillo cuando empezó a aplicarse el Derecho, además de estrangular las vías de financiación. Siempre fue el camino más corto. Ni atajos GAL ni indigna concesiones a asesinos. Los etarras pensaban que “cuanto más muertos, mayor poder negociador tenían”. Es lo mismo que piensan los independentistas ahora: “a mayor violencia, mayores ventajas”. Si les damos gusto, estaremos literalmente incentivando la violencia. Si se les apacigua ahora con mayores prebendas (y convertimos así, ante su gente, a estos delincuentes en héroes), ¿qué nos hace pensar que no volverán por más con más de lo mismo (violencia)?

  10. La ruptura y la enemistad en la sociedad catalana hace tiempo que existe. La manera de irlas desactivando es con ejercicios graduales de pedagogía política. Y lo primero será actuar sobre las incumbadoras del huevo de la serpiente: TV3 (y medios de comunicación subvencionados para fanatizar) y las escuelas. O entidades suprafinanciadas hasta la desvergüenza (Ómnium y ANC). Es incompatible con cualquier proyecto democrático este continuo suministro de odio financiadísimo con dinero público. Se trata de desmontar una estructura totalitaria y eso solo se puede hacer con el derecho y con determinación democrática.

Me resulta además inaceptable en tu planteamiento que se le dé carácter de urgencia a sus “reivindicaciones de ricos” e incluso nos creamos que son problemas reales de la ciudadanía, e ignoremos el derecho a negociar o dialogar a “la mayoría invisible”.

Lo que ocurre -lo que viene ocurriendo- es sencillamente intolerable: una parte de la población ejerza un totalitarismo -a veces soft, a veces hard- sobre la otra mitad. En Cataluña impera la violencia desde hace mucho tiempo. El no nacionalista es un súbdito, como dijo claramente el consejero. Se preguntaba Borrell el domingo por qué las empresas no habían avisado de que se iban a ir. Es muy fácil: porque no querían quedar señaladas y, por tanto, abiertas a cualquier tipo de marginación. Han esperado a ver si se libraban y, al final, los indepes frenaban. Y esto es lo que ocurre en Cataluña: quien se señala por no tener el entusiasmo debido por el proyecto nacional es un fascista que se merece cualquier rechazo posible. Lo que sufren a diario los ciudadanos no nacionalistas es sencillamente inaceptable y brutal. Por eso, incluso los políticos del PSC, se muestran muy comprensivos con las demandas nacionalistas (a costa de una continua pérdida de votos). De lo contrario, ellos y sus familias pasarían a ser fascistas y a sufrir todo tipo de consecuencias. Lo podemos llamar el síndrome “Odón Elorza”.

En resumen, en Cataluña la violencia marca el rumbo. ¿Por qué siendo menos de la mitad, y mucho menos de la mitad hace algún tiempo, están siempre en el foco y mueven el destino de Cataluña a su antojo? Por la violencia.

Ni siquiera tienen el recato de retirar la violencia encima de la mesa a la hora de solicitar diálogo (el elemento de amenaza estaba omnipresente en el “ofrecimiento” de ayer de Puigdemont). Entonces, no hablemos de diálogo sino abiertamente de chantaje y, lo que es peor, de un chantaje para extorsionar más y mejor a los ciudadanos disidentes (que cada vez son menos porque cada vez se van más).

Frente a la violencia, nos queda la ley y la obligación de que nuestros representantes políticos no sucumban a la violencia, de que no saquen partido los violentos, porque el desenlace no puede ser sino más violencia.

Carlos Rodríguez Estacio

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El texto del profesor Carlos Rodriguez Estacio argumenta una postura que considero correcta pero insuficiente. Grosso modo, se trata de una acérrima defensa del Estado de derecho y una pedagogía de la democracia y sus límites. Asimismo, se alerta de los peligros de negociar con los que incumplen la ley y, además, hacerlo precisamente por ese incumplimiento, por ese jaleo montado. También se argumenta del peligro que puede suponer sentar un precedente de este tipo con respecto a las otras comunidades.

¿Por que afirmo la insuficiencia de esta postura (la cual es similar a la de otros filósofos compañeros o amigos de Facebook)? Por varias razones. Trato de explicarlas a continuación:

1. Es obvio pero, en una democracia avanzada, el valor que tiene la ley proviene, fundamentalmente, de la legitimidad de que goce entre la ciudadanía sujeta a la misma. Ya esta legitimidad no puede provenir de otro lugar que no sea el de su ajuste a los valores y principios derivados de la dignidad humana y la DUDH, así como otros tratados internacionales. La ciudadanía debe aceptar como “justas” las leyes a las que se somete.
2. Hay una parte importante de la sociedad catalana disconforme con la legalidad a la que se somete.
3. Hay otra parte conforme con esa legalidad.
4. En una democracia avanzada, no debería haber límites a las peticiones democráticas de la ciudadanía, salvo si estas atentan contra la dignidad humana o los derechos humanos.
5. La ley, en democracia, debe ser respetada, pues existen mecanismos para su modificación de modo pacifico y legítimo.
6. El Gobierno catalán se ha saltado esos mecanismos de legitimidad. Pero lo ha hecho con el apoyo importante de una importante parte de la sociedad catalana.
7. Hay que resolver el conflicto.
8. Un conflicto de millones de personas no se puede resolver con la mera aplicación de la ley. Tratándose de una problema de legitimidad (millones de personas consideran ilegítimas determinadas leyes) esto no se puede resolver solo judicialmente. Es necesaria una reconciliación basada en la palabra y el diálogo desde diversas instancias y a nivel masivo. La solución meramente legalista corre el enorme riesgo de agravar el problema de legitimidad existente.
9. Empecinarse en una solución de tipo legal, en la que solo una parte tiene razón y la otra está equivocada (cada parte, no lo olvidemos, consta de millones de personas) pone verdaderamente en peligro (en mayor, todavía) de ruptura la cohesión social y agranda la enemistad entre los sectores más exaltados.”

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Una respuesta a SI QUIERES LA GUERRA, PREPARA LA “PAZ” (Respuesta a Fernando Puyó)

  1. fernandopuyo dijo:

    Con matices (como es normal, pues la realidad siempre es complicada), y sin pretender que hay buenos y malos en esta historia, no puedo evitar ver gran parte de razón en lo que dice Ada Colau. Esto no va resolverse sin mayores dosis de diálogo político. Carlos Rodríguez Estacio decía en un artículo de hace unos meses, en el que respondía un comentario mío de Facebook (https://trescatorce15926.wordpress.com/2017/10/12/si-quieres-la-guerra-prepara-la-paz-respuesta-a-fernando-puyo/) que el lugar del diálogo político es el Parlamento y tiene razón (es ahí donde deben resolver las discrepancias, ya que “presumir lo que quiere la ciudadanía por otra vía que no sean elecciones (legales y con garantías, obvio es decirlo) es un ejercicio siempre arriesgado y, sobre todo, innecesario”). En un Estado de derecho no hay derecho a la rebelión porque hay derecho a la reforma. Y eso es lo que vendría a haber dicho el mismísimo Platón, como tantas veces ha explicado Carlos Fernandez Liria. Pero creo que si esto de Cataluña fuera así de sencillo no habríamos llegado a esta situación. Como decía Liria en un artículo de hace unos meses, “por algún motivo que habrá que reflexionar, los votantes catalanes y sus representantes legítimos no han visto muy claro los cauces por los que se les ofrecía esa posibilidad de cambiar las leyes” (https://www.cuartopoder.es/ideas/2017/10/19/cataluna-el-conflicto-entre-democracia-y-legalidad/). En este momento, como estamos viendo en las noticias, las leyes y el Estado de derecho están funcionando y eso es, a mi juicio, positivo. Pero creo que cada vez resulta más evidente (y eso es lo que yo he intentado sostener desde el principio) que necesitamos mucha más dosis de diálogo político. Porque en democracia se trata de convencer, no de vencer. Y para convencer necesitamos (ademas de la ley legítima) todos los cauces posibles. Y capacidad de escucha, de comprensión, de empatía…

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