Una mirada al nacionalismo desde la antropología evolutiva

Existe un experimento especialmente revelador para entender el nacionalismo. Lo dirigió Robbers Cave en un campamento de verano. Escogió a 22 chicos de la misma edad, con unas características semejantes y que no se conocían entre sí. Los dividió en dos grupos. La intención era dejar que cada grupo pensara durante una semana que estaba solo en el campamento (fase 1), para luego revelarles la presencia del otro grupo y así observar los resultados en la previsible situación de competencia que se generaría (fase 2). Para sorpresa de los investigadores, la hostilidad apareció incluso antes de que los dos grupos se encontraran directamente. Cuando llegó el momento de competir frente a frente, se pasó de inmediato a las descalificaciones y, muy poco después, a los palos y las piedras.

La fase 3 del experimento, al modo de la dialéctica hegeliana, consistía en unir a los dos grupos en uno solo pacífico. Pasar a esta fase costó un enorme esfuerzo. Sin duda, es mucho más fácil dividir a la gente que volver a unirla. Se hizo necesario promover “objetivos extraordinarios” y aun así la unidad alcanzada fue frágil y expuesta continuamente a la ruptura.

Entre los procedimientos más eficaces para generar conciencia de grupo está el de recurrir a un enemigo común. Se sabe que incluso los primates apelan a esta amenaza exterior como un modo de reducir las tensiones internas del grupo. Se necesita un “ellos” para generar un “nosotros”. En el caso del experimento tenía que ser un enemigo lo suficientemente poderoso como para que ningún grupo por su cuenta pudiera enfrentarse a él con éxito (únicamente un rival de este nivel haría olvidar -al menos de manera provisoria- la enemistad entre ellos).

Las conclusiones fueron claras: la mera división en grupos es motivo suficiente para disparar una conducta discriminatoria. No es necesaria la intervención de ningún investigador ni de ninguna situación experimental: la gente se divide en grupos de una manera rápida y espontánea. En general, basta coger un grupo de chicos, permitirles desarrollar una identidad grupal y luego dejarles descubrir que hay otro grupo que reclama ciertos derechos sobre un territorio que ellos consideran “suyo”: el resultado inevitable será el enfrentamiento hostil. Es bien sabida la rivalidad de pueblos vecinos que, a pesar de compartir una misma base étnica, cultural y económica, son capaces de alcanzar al odio con el menor desencadenante.

¿Por qué ocurre algo así? La explicación principal nos la ofrece la historia evolutiva de nuestra especie. Durante muchos millones de años los primates han vivido en grupos. Su supervivencia individual ha dependido de la supervivencia colectiva. El poder emocional de la grupalidad tiene, pues, un largo recorrido filogenético, debido a que nuestra única esperanza de supervivencia pasaba por el grupo.

Frente a este sentimiento ancestral, los griegos descubrieron la universalidad. De su mano, el hombre daba un paso decisivo para liberarse del último lazo que le ataba a la fatalidad gregaria y animal. El hecho humano -lingüístico, racional, artístico…- se ponía resueltamente por encima de sus concreciones locales. Por eso, los filósofos helenos de entonces fueron extraordinariamente críticos con sus dioses y sus tradiciones (y por eso también muchos de ellos fueron condenados a muerte). Esta apertura a lo universal -que podemos denominar `civilización´ a secas- ha sufrido avances y retrocesos a lo largo de los siglos. Cabe destacar, sin duda, el periodo ilustrado, que declaró su ambición de basar nuestra convivencia en la racionalidad común y cosmopolita. La reacción anti-ilustrada, por su parte, supuso la reaparición con más fuerza que nunca del `nosotros´ identitario y étnico. Los dirigentes no tardaron en comprender las posibilidades de una doctrina que situaba siempre, por principio, el enemigo fuera (¿qué mejor herramienta, por ejemplo, podía existir para detener el empuje de la clase proletaria?).

En el siglo XX la doctrina nacionalista provocó dos guerras mundiales e innumerables episodios violentos. Sin embargo, nada parece anunciar en la actualidad su declive. Por el contrario, goza de extraordinaria salud, incluso en lugares privilegiados económica y culturalmente, como Cataluña. Es más, fenómenos como la revalorización actual del papel del sentimiento en la vida pública, a menudo aderezada con abundantes dosis de anti-intelectualismo, favorece su causa.

¿Cómo es posible esta situación más de dos siglos después de la Ilustración? De nuevo tenemos que recurrir a la historia evolutiva humana. Nuestro cerebro tiene una estructura modular. Alguno de sus departamentos son accesibles a la conciencia y otros no. En lo relacionado con la conducta social nuestro cerebro tiene dos áreas: una destinada a las relaciones interpersonales y la otra a los grupos. La primera es accesible a la mente consciente, pero la segunda, en gran medida, no. Y ello tiene unas consecuencias extraordinarias. No es que el sentimiento de pertenencia a una nación sea más profundo que la amistad o el amor personal, sino que escapa más al control consciente y es, por ello, más peligroso. Los procesos relacionados con la grupalidad generalmente ocurren por debajo del nivel de la conciencia y adquieren una cierta cualidad ciega, instintiva, automática.

En definitiva, la grupalidad está registrada poderosa e inconscientemente en nuestra conducta. Eso nos exige una actitud racional de desconfianza y reflexión, pues -como dice Savater- “todos llevamos un brote nacionalista dentro”. El objetivo civilizado no sería sino una versión actualizada del freudiano “donde reine el ello, que reine el yo”; es decir, no dejarnos arrastrar por fuerzas inconscientes despersonalizadoras. Humanidad y libertad son la misma cosa, pero es preferible hablar de liberación y no de libertad, pues no se trata de un don natural ni de un estado, sino de una acción. Y esa liberación demanda, de manera preferente, desasirse de las parcialidades y cegueras que toda cultura particular conlleva.

¿Y cómo llevar a cabo esa tarea de tutela racional sobre los oscuros mecanismos de identificación grupal? Pues en primer lugar, conociendo a qué nos enfrentamos (este breve apunte pretende ser una humilde contribución en esa línea); en segundo lugar, desmontando (arrojando luz) sobre sus falacias favoritas; por ejemplo, que las personas con diferentes orígenes no pueden comprender plenamente las experiencias del otro; que el valor de una idea depende de la vivencia afectiva de quien la defiende; que existen derechos de los territorios, etc. En tercer lugar, mostrando las verdaderas raíces, aquellas que compartimos todos los seres humanos: el uso de los símbolos, la disposición racional, la conciencia de que vamos a morir, la capacidad de prever el futuro y de recordar el pasado, el humor, etc.

Una triple tarea educativa. Qué lástima que la enseñanza en nuestro país sea el otro desastre.

Carlos Rodríguez Estacio

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Amnistía para el compañero de celda de Jordi Sánchez

En algunas ocasiones, el sentir de un pueblo se encarna en una persona. Y no hay duda de que esa persona, en la “cuestión catalana”, no es otra que el preso que compartió celda con Jordi Sánchez. Ese preso, ejemplarmente pacífico y que nunca había tenido problemas con nadie, solicitó el cambio de celda porque su compañero no paraba de darle la «matraca con el asunto independentista», incluso pasadas las tres de la madrugada. No podemos imaginar una crueldad más grande.

Todos los españoles de bien, abrumados con la matraca que no cesa (cada mañana, cuando nos despertamos, la matraca todavía está ahí: en todas las radios, televisiones, periódicos y conversaciones), nos sentimos profundamente identificados con este preso, nuestro héroe, nuestro mártir, nuestro dolor.

Por otro lado, conmovidos por una pena que excede los límites punitivos de cualquier Código Penal (absolutamente nadie, por muchos crímenes que haya cometido, se merece un trato tan inhumano)

SOLICITAMOS al Estado español:

Que en el próximo Consejo de Ministros proponga la inmediata conmutación de pena del susodicho preso y que se contemple la posibilidad de concederle la Orden al Mérito Civil horroris causa.

https://www.change.org/p/consejo-de-ministros-del-gobierno-de-espa%C3%B1a-amnist%C3%ADa-para-el-compa%C3%B1ero-de-celda-de-jordi-s%C3%A1nchez

 

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Reforma del estado de las autonomías

CAFÉ PARA… QUIEN QUIERA PAGÁRSELO

Nuestro país arrastra un problema desde los tiempos del “café para todos” con su modelo territorial. Las comunidades autónomas han sido fuente de agravios comparativos, irresponsabilidad, desigualdad, cortijismo, despilfarro y corrupción. El gasto que implica mantener un Parlamento propio, decenas de Consejerías e innumerables cargos de libre designación han hecho que en este país haya una cifra superior a los 400.000 cargos políticos. Más que todos los médicos, policías y bomberos juntos. Eso nos coloca a la cabeza de toda Europa, doblando al segundo, que sería Italia (con 200.000). Una economía tan sólida como Alemania nos dobla en población y tiene cuatro veces menos clase política: 100.000. En términos proporcionales, las cifras son aún más rotundas: tenemos un cargo por cada 115 ciudadanos; en Italia uno por cada 300; en Francia uno por cada 325 y en Alemania uno por cada 800.

Los defensores del modelo autonómico plantean que no es una cuestión económica sino de índole política: que cada región tenga una representación política propia, dignidades parlamentarias, etcéteras. Ahora bien, en ese caso, deben ser los ciudadanos los que establezcan cuáles son sus preferencias políticas: si tener una mejor sanidad, justicia o educación o bien tener más políticos. Para que esa decisión sea realmente democrática debe ser planteada en unos términos inequívocos e igualitarios. Actualmente la financiación autonómica sigue criterios oscuros y graciables, por lo que existe la percepción de que es preferible tener instituciones políticas propias (y partidos nacionalistas propios) para así presionar más y mejor al gobierno de la nación y “traer todo el dinero posible” a la comunidad. Este modelo “ventajista” es incompatible con la promoción del interés común, aunque pueda resultar cómodo para el partido que gobierna, pues le permite “comprar” apoyos políticos sin necesidad de acuerdos programático, disputas ideológicas o investigaciones sobre corrupción.

A través de esta iniciativa planteamos que el reparto económico se haga según criterios estrictos de población, es decir, sin atender a ninguna otra peculiaridad que la derivada de la estricta igualdad aritmética (un ciudadano es un ciudadano). Posteriormente los votantes de cada comunidad podrán decidir emplear parte del presupuesto que le corresponda en parlamentos, televisiones públicas o entidades políticas propias, pero sin que ello suponga ningún patrocinio, tutela o rescate del gobierno de la nación ni, por tanto, deba ser financiada por el resto de los españoles.

El gobierno recuperaría las competencias en aquellas comunidades cuyos ciudadanos prefiriesen no tener representación política propia. Estas comunidades dispondrán, en consecuencia, de más presupuesto para otras partidas. Y serán gobernadas según el modelo francés.

Los firmantes solicitan, pues, el oportuno cambio constitucional para que se aplique en nuestro país este modelo de transparencia e igualdad.

https://www.change.org/p/gobierno-de-espa%C3%B1a-reforma-del-estado-de-las-autonom%C3%ADas

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Respuesta al artículo de Carlos Fernández Liria

Aquí el articulo: https://www.cuartopoder.es/ideas/2017/10/19/cataluna-el-conflicto-entre-democracia-y-legalidad/. Y abajo la respuesta:

Estoy completamente de acuerdo con los principios teóricos que invoca Carlos Fernández Liria. Y eso, en los tiempos que corren, ya es mucho. Pero no lo estoy tanto en algunas apreciaciones que hace respecto a su aplicación en Cataluña.

No puedo compartir que haya “un claro conflicto entre dos legalidades”. El Govern se ha situado, como reconoce el TC, sencillamente al margen de la ley, incumpliendo no solo las leyes españolas sino las autonómicas, las parlamentarias y hasta sus propios compromisos. También al margen de cualquier tutela judicial. Esta inseguridad jurídica es incompatible con cualquier democracia o régimen jurídico, pues no supone sino consagrar la vía de hecho como modo de actuación.

Quizás sea entonces, como el propio autor conjetura, una cuestión de legitimidad. Ahora bien, le cito textualmente: “En un Estado de Derecho no hay derecho a la rebelión porque hay derecho a la reforma. Mientras haya derecho a cambiar la ley legalmente, ni siquiera la democracia puede desobedecer la ley.” Frase contundente e impecable. Pero a continuación contrarresta, al menos parcialmente, su alcance con este matiz: “Por algún motivo que habrá que reflexionar, los votantes catalanes y sus representantes legítimos no han visto muy claro los cauces por los que se les ofrecía esa posibilidad de cambiar las leyes”. Pues es lo primero que habría que exigirles: que explicaran con máxima detalle las razones para la embolia legal y no darla por buena sin más, presuponiendo que ha de existir una justificación justificable. Tampoco me parece acertada la expresión “los votantes catalanes y sus representantes legales”, sinécdoque muy extendida estos días. En realidad, muchos votantes (más de la mitad) y muchos representantes legales (casi la mitad) se han opuesto al “atajo”, aunque le impidieran poder expresarlo en el Parlament (por cierto, que parlamentarios no pudieran parlar en el Parlament también dice bastante acerca de la sinceridad del diálogo que solicitan). Es algo obvio: cualquiera que se sitúe al margen de la ley y considere, sin embargo, que su postura es legítima, está obligado como mínimo a ofrecer las razones que están detrás de esa postura. Una máxima en el debate racional es que afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias. No digamos en el caso de actuaciones extraordinarias y extra legem.

La única ley de suyo incompatible con el marco constitucional es el mal llamado derecho a decidir (no existe tal derecho). Ahora bien, resulta evidente que, de cara a impulsar un hipotético cambio constitucional que creara el derecho inexistente, no es lo mismo venir avalado con una significativa mayoría que con la mitad, al menos, de catalanes en contra. Es algo gravísimo, además, que se justifique la suspensión de la legalidad y la acción por la vía de hecho en un asunto que divide por la mitad a la población. Las consecuencias dramáticas las estamos viendo día a día.

Cuando tienes centenares de millares de ciudadanos en la calle, no puedes pretender arreglar las cosas con el Código Penal, desde la convicción de que están llamando a la sedición o la rebelión”, dice el profesor. Es evidente que la vía de la represión penal no supone el arreglo de la situación, pero tampoco esta puede provenir de “dar la razón” automáticamente a los centenares de millares de ciudadanos que se manifiestan en las calles. Por varios motivos, de los que destacamos tres: 1) Los centenares de millares de ciudadanos tienen las elecciones para hacer valer sus preferencias políticas (es, además, epistemológicamente débil y socialmente peligroso conceder a la calle la expresión directa de la voluntad popular); 2) Los centenares de millares de ciudadanos tienen como límite la ley (también fueron centenares de millares de ciudadanos, sin que quepa comparación, los que se lanzaron a las calles en “la noche de los cristales rotos”); nunca hemos de olvidar que en este conflicto entre catalanes, una mitad oprime a la otra; por tanto, únicamente podría atenderse las reivindicaciones populares de manera hemipléjica y anti-popular; 3) Frente a esos centenares de millares de ciudadanos en Cataluña están otros centenares de millares de ciudadanos que reivindican exactamente lo contrario (y no olvidemos que los primeros quieren decidir que los segundos pasen a ser extranjeros en su tierra). De hecho, impresiona más la cifra de un millón de manifestantes el 8-0 que la de dos millones de votantes el 1-0, suponiendo -y es muchísimo suponer- que esta cifra proporcionada por la Generalitat fuera aproximada).

Reconozco que la disquisición que se hace entre razón y sinrazón no la entiendo; o, mejor dicho, no entiendo la oportunidad en el tema que se discute. Este mundo “está montado con dinero y con armas”, sin duda, pero la herramienta que tenemos para civilizarlo es la razón (una razón bien acompañada cordialmente). Es precisamente la razón, una razón integral, hasta la raíz, no parcial y sujeta a intereses, la única posibilidad de que los desheredados dejen de serlo o lo sean cada vez menos. Puedo compartir el análisis de la hipocresía de muchos que están indignados por motivaciones que nada tienen que ver con la violación del derecho o de la racionalidad. Pero eso ni justifica los hiatos jurídicos ni tampoco ayuda a la causa de los desheredados. En todo caso, reclama su generalización más allá del ámbito concreto de controversia. El autor expone admirablemente en su excelente libro (con otros dos autores) Escuela o barbarie que es un error confundir el incumplimento de la Ilustración con su fracaso. La solución al oscurantismo no es sino más y más Ilustración. Pues lo mismo ocurre con la racionalidad y la ley. Está bien dar un tirón de orejas a quien se lo merece, pero, luego, procede centrarse en lo que importa. Por ejemplo, el inequívoco clasismo y supremacismo que está detrás del independentismo catalán.

O también la comprensión de por qué se ha llegado a la situación actual, con montañas de dinero -en la comunidad autónoma con recortes más drásticos y mayor corrupción- invertido durante décadas en hacer ingeniería social. ¿Acaso no consiguió Hitler, con muchos menos medios, resultados mucho más espectaculares en cuanto a seguimiento multitudinario? Desmontar esta estructura totalitaria, pavimentada con mentiras y coerciones, va a llevar tiempo, sin duda. La maquinaria de propaganda es sencillamente colosal. Pero a esta puesta en escena tan formidable le corresponde un argumento mínimo, a ratos demencial. Y es lo que se debe denunciar. El Código Penal no va a resolver el problema, claro, pero eso no significa que no pinte nada o que quede excluido de la cita. Es evidente que a un paciente con osteogénesis imperfecta (conocida como “enfermedad de huesos de cristal”) que se presenta en consulta con una fractura, no se le cura su enfermedad con las medidas traumatológicas al uso (inmovilización, enyesado, etc.). Ahora bien, ¿sería preferible no aplicarlas?

En definitiva, que nos enfrentamos a un problema complejo; por tanto, no caben soluciones simples. Será necesarias, sin duda, muchas dosis de imaginación y pedagogía políticas. Y también evitar la tentación de saltarnos la ley o recompensar la coacción, que, en el mejor de los casos, adormecería el conflicto para reaparecer, poco después, con mayor virulencia.

Carlos Rodríguez Estacio

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UNA RESISTENCIA IRRESISTIBLE. O CÓMO ACTUAR ANTE LA REVOLUCIÓN QUE-DA-RISA

Quizás no tenga el glamour ni la grandeur de la Résistance française, pero si hablamos de ingenio y gracejo ya es otra cosa… Los regímenes totalitarios se han llevado siempre muy mal con lo cómico. En el cuento “El traje nuevo del emperador” un niño revela que el emperador está desnudo. En el caso actual, se muestra no que los reyes Ubú están desnudos sino que dan risa.

Entonces mucho más preciso que “la revolución de las sonrisas” sería hablar de “la revolución que da risa”. Frente a ella, ha surgido `La Resistencia de las Carcajadas´. Una resistencia, por lo demás, irresistible, como Vds. mismos podrán comprobar.

Síguelos aquí: http://www.resistenciacatalana.es/

Colocamos aquí el enlace a su primer vídeo, que recoge el momento absolutamente histórico en el que ejercen, por fin, en su balcón el derecho a decidir: https://www.youtube.com/watch?v=aS8bl1zB5Rw&sns=em

Y aquí la primera entrevista que conceden a una cadena de televisión (no, no está previsto que la Sexta les llama a alguno de sus programas de bate) : http://www.telecinco.es/elprogramadeanarosa/Ana-Rosa-declaracion-independencia-Jaume_2_2449680052.html

¡Ánimo, valientes, y a seguir con las mandíbulas bien puestas!

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EL SUEÑO DE LA RAZÓN PRODUCE LÁGRIMAS

Viendo ayer las lágrimas de Junqueras, no pude evitar acordarme del libro “Sentimentalismo tóxico. Cómo el culto a la emoción pública está corroyendo nuestras sociedades” de Theodor Dalrymple.

El secesionismo catalán ha hecho bien su trabajo al forjar una mitología en la que cualquier irracionalidad, que favorezca a sus intereses, encuentra inmediata acogida. La utopía de una “Catalunya llibre” justifica todos los medios (mentiras, manipulaciones, extorsiones, acosos, ilegalidades, violencias…). Al lado de la exuberante mistificación emocional, se esgrime el “votar es democracia” como un lema imbatible en su simpleza (apto para todos los públicos, pues). En efecto, votar es democracia, pero eso no significa que toda votación sea democrática; no lo es cuando están en juego derechos fundamentales (por ejemplo, un hipotético referéndum acerca de si debe aplicarse la pena de muerte a los etarras) o cuando se deciden cosas que afectan a otros miembros y que, por tanto, pertenecen a un ámbito de decisión más amplio (como ocurría con varios artículos del Estatut).

Pero no quiero, al menos ahora, escribir sobre esta cuestión de democracia elemental sino, al hilo del libro citado arriba, del efecto “velatorio” que provoca el imperio de la emotividad. Las demandas secesionistas en Cataluña tienen exactamente el mismo signo que las de la Liga Norte en Italia, es decir, una rebelión de los ricos contra los pobres: egoísmo, insolidaridad y también racismo de los ricos que se creen superiores. Por qué una causa tan claramente reaccionaria pasa por progresista es un misterio difícil de entender (aunque, claro, el problema es precisamente que no se trata de `entender´ sino de `sentir´). Es cierto que Franco prohibió el catalán (y bastantes cosas más; por eso era un dictador), pero, al margen de que lleva 40 años muerto, sus herederos en la actualidad son precisamente quienes prohíben el castellano.

Si el objetivo último es retrógado (estrictamente propio del Ancien Régime: que las posibilidades vitales dependan del lugar de nacimiento), los procedimientos son a menudo fascistas: quien no comulga con la hoja de ruta independentista se ve expuesto al “linchamiento” público (y espero poder seguir escribiendo esta palabra entre comillas), incluso -sobre todo- desde los propios poderes establecidos. Cualquier cosa está legitimada de antemano si favorece la dirección “correcta”. Por ejemplo, una presidenta del Parlament arengando a quienes acosan a un tribunal de justicia. Montesquieu muerto y su cadáver profanado.

En España nunca caló de verdad la Ilustración, así que no deja de ser comprensible que se produzcan este tipo de “espasmos románticos” de índole insolidaria (y a veces racista). Pero, a juzgar por lo que leo en la prensa internacional, sorprendentemente el relato resulta atractivo más allá de nuestras fronteras. A pesar de los numerosos gestos autoritarios y grotescos no solo contra “el resto del Estado”, como dicen ellos, sino contra los catalanes que piensan de manera diferente. Así, todo un conseller de la presidencia de la Generalitat afirma tranquilamente que “los que no están a favor del referéndum no son ciudadanos”. O las falsificaciones históricas y esencialistas (según ellos, Cataluña una entidad pre-existente a la Constitución y la democracia más antigua de Europa; por supuesto, quien piense otra cosa es un traidor). O las declaraciones de Junqueras de que, después de la independencia, todos los catalanes tendrían la hipoteca pagada. O la utilización impúdica de niños y adolescentes. O, en fin, convocar unas elecciones bananeras para decidir sobre un asunto trascendental en las que ni siquiera se establece un mínimo de participación. El toque berlanguiano (ay, con su inconfundible aire de familia español) no aligera una expresión tan nítida de extrema derecha.

Hasta la prensa francesa -que, por la peculiaridad de su territorio (con varias potenciales “cataluñas”) y por su ideario republicano, habría de estar horrorizada con lo que está pasando tan cerca- muestra cierta simpatía. Dado que la Liga Norte no goza de prestigio alguno, hay que reconocer que sus `gemelos catalanes´ lo han hecho muy bien, persuadiendo incluso a quienes como Antonio Saviano, en su calidad de napolitano y de víctima del fascismo “doméstico”, debería sentir una natural enemistad por la causa. Es cierto que se trata de una propaganda generosamente subvencionada desde la Generalitat (incluso con servicio de catering para los manifestantes), pero hay que admitir su alto grado de funcionalidad (nadie habla ya en Cataluña del 3%, de la corrupción de los Pujol o de los recortes). La invención del enemigo está completada. Qué difícil es, en estas circunstancias, hacer pedagogía racional (algo que, por cierto, ni siquiera se ha intentado desde ningún gobierno español).

La tesis de Theodor Dalrymple es muy clara: la sustitución de la lógica racional por el sentimentalismo pseudocompasivo no depara más que injusticia, violencia y brutalidad, es decir, la corrosión de nuestras sociedades. Lo leí hace unos meses y estuve de acuerdo con el diagnóstico. Lo que no podía imaginar entonces es que la tarea estuviera tan avanzada.

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SI QUIERES LA GUERRA, PREPARA LA “PAZ” (Respuesta a Fernando Puyó)

  1. Entiendo que la tesis que defiendes es la siguiente: “el valor de una ley proviene fundamentalmente de la aceptación social excepto en casos de Derechos Humanos y dignidad humana”. Pero el problema no está en la tesis, sino en cómo la aplicas. Recordemos lo obvio: en democracia, los ciudadanos eligen a sus representantes y estos hacen las leyes. Por tanto, la aceptación social más que deseable es inevitable. “Si no haces leyes que nos gusten, entonces elegimos a otros que sí lo hagan”.

  2. Presumir lo que quiere la ciudadanía por otra vía que no sean elecciones (legales y con garantías, obvio es decirlo) es un ejercicio siempre arriesgado y, sobre todo, innecesario. Los mismos que interpretan a la ciudadanía se niegan a convocar elecciones. ¿Para qué -se preguntaran-, si ya somos portavoz de la auténtica catalanidad? (Rufián lo dijo muy claro: los que se manifestaron el domingo no son catalanes).

  3. Una y otra vez te colocas en el ángulo de los independentistas disconformes con la ley española (¿crees de verdad que es una reclamación de la población mayor niveles de autogobierno o más bien de sus élites golfas?, ¿de verdad es un problema? Y si lo fuera, ¿justifica la violencia invertida?). Pero nunca te pones en la perspectiva de los catalanes no independentistas que están sufriendo un acoso de inequívoco sesgo totalitario. Aquí sí que hay derechos fundamentales vulnerados. A diario. Sin embargo, al parecer, no tienen derecho a ser escuchados ni a dialogar. No han sido suficientemente violentos. ¿Deben dejar de cumplir las leyes que no les gustan, empezar “a tomar las calles”, reventar algún vehículo de la policía que les “ocupa” (los mossos), a organizar una policía privada, etc., para ganarse el derecho a dialogar? Ya puedes imaginar qué efectos tendría eso en la paz que declaras. Su nombre es guerra civil. Si no se ha producido, al igual que en el País Vasco, es porque solo un bando ha recurrido ahora a la violencia.

  4. Por supuesto que no debe “haber límites a las peticiones democráticas de la ciudadanía, salvo si estas atentan contra la dignidad humana o los derechos humanos”. Pero el problema no es lo que piden, es lo que hacen. Yo puedo solicitar a una mujer yacer con ella, y no es nada ilegal; lo que no puedo hacer es violarla.

  5. Si cumplir una ley depende en Cataluña del porcentaje de personas a favor o en contra, tenemos un problema, pues la sociedad allí está dividida casi por la mitad. ¿Cada bando está exento de cumplir las leyes no aceptadas socialmente? La ley preserva de la guerra entre las dos facciones. ¿Debe la policía consultar la opinión popular en un barrio gitano antes de cualquier operación? ¿Se cumplen las mismas reglas en Derecho Internacional? ¿Es democrático que España deje de pagar una deuda a un país extranjero si una mayoría de su población considera que es preferible no pagar nada? ¿O es obligatorio cumplir con lo que ha pactado?

  6. Por lo demás, en Cataluña se han saltado no ya la ley española sino también la ley catalana, la ley del Parlament, los informes jurídicos de sus asesores, y hasta sus propios compromisos. Esta inseguridad jurídica es profundamente anti-democrática y se traduce en un “hago lo que quiero cuando quiero”, más propio del Antiguo Régimen. La ley es lo que limita el margen de acción del que manda. Si se suprime el referente legal, el mandatario queda con las manos peligrosamente libres. De ahí la incertidumbre total cada vez que anuncian que van a hacer declaraciones: puede pasar absolutamente cualquier cosa. Como Kim Jong-un, otro enemigo de la ley. El ministro de Justicia nazi, Franz Gürtner, dijo que “la Ley renuncia a su pretensión de ser la única fuente para decidir lo que es legal y lo que es ilegal”. En vez de ello la base moral de la ley tenía que ser el “orden ético del pueblo”, fundamentado en un “sano sentido común” racial.

  7. Las actuaciones de los (des)gobernantes han creado situaciones peligrosísimas para la población, han incitado al odio, han animado a tomar las calles y a ejercer la violencia (tienen hasta un exiliado político: Boadella), han utilizado las instituciones para una manipulación gobbelsiana, han reconvertido a los mossos en policía privada, han prevaricado continuamente, han mentido de manera radical y tóxica (España ens roba), han malversado fondos públicos, han utilizado las subvenciones a modo de compra de voluntades para su proyecto excluyente y totalitario, han violado aspectos básicos parlamentarios (no concediendo la palabra a la oposición), han inventado un referéndum que ni Berlanga pudo soñar (con intención de convertir en extranjeros a la mitad al menos de sus ciudadanos), etc., etc., etc. ¿Cómo es posible siquiera plantear que no van a responder por eso? ¿No somos todos iguales ante la ley? No hay nada menos democrático que la impunidad. Ni nada que tenga consecuencias más catastróficas a corto, medio y largo plazo.

  8. Nadie dice que el conflicto se pueda “resolver con la mera aplicación de la ley”. Pero es el insoslayable punto de partida y fija los límites por donde pudiera discurrir cualquier posible diálogo.

  9. Los argumentos que expones son los mismos que escuchábamos cuando ETA. La realidad es que ETA se diluyó como azucarillo cuando empezó a aplicarse el Derecho, además de estrangular las vías de financiación. Siempre fue el camino más corto. Ni atajos GAL ni indigna concesiones a asesinos. Los etarras pensaban que “cuanto más muertos, mayor poder negociador tenían”. Es lo mismo que piensan los independentistas ahora: “a mayor violencia, mayores ventajas”. Si les damos gusto, estaremos literalmente incentivando la violencia. Si se les apacigua ahora con mayores prebendas (y convertimos así, ante su gente, a estos delincuentes en héroes), ¿qué nos hace pensar que no volverán por más con más de lo mismo (violencia)?

  10. La ruptura y la enemistad en la sociedad catalana hace tiempo que existe. La manera de irlas desactivando es con ejercicios graduales de pedagogía política. Y lo primero será actuar sobre las incumbadoras del huevo de la serpiente: TV3 (y medios de comunicación subvencionados para fanatizar) y las escuelas. O entidades suprafinanciadas hasta la desvergüenza (Ómnium y ANC). Es incompatible con cualquier proyecto democrático este continuo suministro de odio financiadísimo con dinero público. Se trata de desmontar una estructura totalitaria y eso solo se puede hacer con el derecho y con determinación democrática.

Me resulta además inaceptable en tu planteamiento que se le dé carácter de urgencia a sus “reivindicaciones de ricos” e incluso nos creamos que son problemas reales de la ciudadanía, e ignoremos el derecho a negociar o dialogar a “la mayoría invisible”.

Lo que ocurre -lo que viene ocurriendo- es sencillamente intolerable: una parte de la población ejerza un totalitarismo -a veces soft, a veces hard- sobre la otra mitad. En Cataluña impera la violencia desde hace mucho tiempo. El no nacionalista es un súbdito, como dijo claramente el consejero. Se preguntaba Borrell el domingo por qué las empresas no habían avisado de que se iban a ir. Es muy fácil: porque no querían quedar señaladas y, por tanto, abiertas a cualquier tipo de marginación. Han esperado a ver si se libraban y, al final, los indepes frenaban. Y esto es lo que ocurre en Cataluña: quien se señala por no tener el entusiasmo debido por el proyecto nacional es un fascista que se merece cualquier rechazo posible. Lo que sufren a diario los ciudadanos no nacionalistas es sencillamente inaceptable y brutal. Por eso, incluso los políticos del PSC, se muestran muy comprensivos con las demandas nacionalistas (a costa de una continua pérdida de votos). De lo contrario, ellos y sus familias pasarían a ser fascistas y a sufrir todo tipo de consecuencias. Lo podemos llamar el síndrome “Odón Elorza”.

En resumen, en Cataluña la violencia marca el rumbo. ¿Por qué siendo menos de la mitad, y mucho menos de la mitad hace algún tiempo, están siempre en el foco y mueven el destino de Cataluña a su antojo? Por la violencia.

Ni siquiera tienen el recato de retirar la violencia encima de la mesa a la hora de solicitar diálogo (el elemento de amenaza estaba omnipresente en el “ofrecimiento” de ayer de Puigdemont). Entonces, no hablemos de diálogo sino abiertamente de chantaje y, lo que es peor, de un chantaje para extorsionar más y mejor a los ciudadanos disidentes (que cada vez son menos porque cada vez se van más).

Frente a la violencia, nos queda la ley y la obligación de que nuestros representantes políticos no sucumban a la violencia, de que no saquen partido los violentos, porque el desenlace no puede ser sino más violencia.

Carlos Rodríguez Estacio

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El texto del profesor Carlos Rodriguez Estacio argumenta una postura que considero correcta pero insuficiente. Grosso modo, se trata de una acérrima defensa del Estado de derecho y una pedagogía de la democracia y sus límites. Asimismo, se alerta de los peligros de negociar con los que incumplen la ley y, además, hacerlo precisamente por ese incumplimiento, por ese jaleo montado. También se argumenta del peligro que puede suponer sentar un precedente de este tipo con respecto a las otras comunidades.

¿Por que afirmo la insuficiencia de esta postura (la cual es similar a la de otros filósofos compañeros o amigos de Facebook)? Por varias razones. Trato de explicarlas a continuación:

1. Es obvio pero, en una democracia avanzada, el valor que tiene la ley proviene, fundamentalmente, de la legitimidad de que goce entre la ciudadanía sujeta a la misma. Ya esta legitimidad no puede provenir de otro lugar que no sea el de su ajuste a los valores y principios derivados de la dignidad humana y la DUDH, así como otros tratados internacionales. La ciudadanía debe aceptar como “justas” las leyes a las que se somete.
2. Hay una parte importante de la sociedad catalana disconforme con la legalidad a la que se somete.
3. Hay otra parte conforme con esa legalidad.
4. En una democracia avanzada, no debería haber límites a las peticiones democráticas de la ciudadanía, salvo si estas atentan contra la dignidad humana o los derechos humanos.
5. La ley, en democracia, debe ser respetada, pues existen mecanismos para su modificación de modo pacifico y legítimo.
6. El Gobierno catalán se ha saltado esos mecanismos de legitimidad. Pero lo ha hecho con el apoyo importante de una importante parte de la sociedad catalana.
7. Hay que resolver el conflicto.
8. Un conflicto de millones de personas no se puede resolver con la mera aplicación de la ley. Tratándose de una problema de legitimidad (millones de personas consideran ilegítimas determinadas leyes) esto no se puede resolver solo judicialmente. Es necesaria una reconciliación basada en la palabra y el diálogo desde diversas instancias y a nivel masivo. La solución meramente legalista corre el enorme riesgo de agravar el problema de legitimidad existente.
9. Empecinarse en una solución de tipo legal, en la que solo una parte tiene razón y la otra está equivocada (cada parte, no lo olvidemos, consta de millones de personas) pone verdaderamente en peligro (en mayor, todavía) de ruptura la cohesión social y agranda la enemistad entre los sectores más exaltados.”

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