INOPIA PARA EL PUEBLO

[Respuesta al artículo «La ideología del esfuerzo: la revuelta meritocrática de las élites neoliberales en educación», publicado en El País el 12 de mayo de 2022]

1. Tres párrafos para abrir boca

El artículo comienza a todo bombo y platillo, con faltas y a lo loco:

En pleno siglo XXI resurgen las voces de sectores sociales que reclaman volver a una educación de élite, disfrazando con el ropaje del esfuerzo, el mérito y la exigencia de más contenidos escolares la demanda de selección y segregación social. Es la revuelta de las élites neoliberales en educación.

Cráneo previlegiado y pedagogicus

Me lo imagino declamando escandalizado: «En-ple-no-si-glo-vein-ti-uno». En efecto, en la modernidad más moderna, oh, horror, vuelven a resurgir las voces más rancias del pasado. Son voces, que quede claro, de «sectores sociales», no de intelectuales, es decir, les mueve el ruin interés de clase y no la honestidad intelectual (aun fuera equivocada). No obstante, en un audaz escorzo final nos revela que estos sectores sociales son, en realidad, «élites neoliberales», mostrando así su querencia por uno de los hobbies políticos preferidos de nuestra zurdería: la equitación de contradicciones.

También deja constancia en este párrafo inaugural de su predilección por las redundancias, probablemente con intención de enfatizar («selección y segregación»; el «esfuerzo, el mérito y la exigencia…»). Al mismo tiempo, utiliza hasta veinticinco veces la palabra `meritocracia´ (o sus derivados como `mérito´, `meritocrático´, `merecer´…). Quince veces aparece la palabra `esfuerzo´. Seis veces, `élite´. Las dianas (o `Los pilares de la guerra´, por decirlo a la manera peterbestsellers) quedan claramente establecidas.

El segundo párrafo no decae lo más mínimo:

No son capaces de concebir el proceso de enseñanza y aprendizaje como un viaje apasionante de descubrimiento y de comprensión de y para la vida, sino como un ejercicio disciplinario, de “instrucción” casi militar por parte de los docentes y un viacrucis de sacrificio por parte de los estudiantes, centrado en la cultura del esfuerzo y la ideología de mérito.

Por razones de economía retórica, hacemos voto de silencio sobre el vuelo metafórico y las muchas copulaciones estériles. Me limito a expresar mi intriga por ponerle los cuernos (o sea, las comillas) a `instrucción´, una palabra que, dada la analogía militar que plantea, vale en su literalidad por partida doble.

¡A por el tercer párrafo!

Es, en definitiva, la reivindicación nostálgica del mantra tradicional de la “letra con sangre entra”, revestida de culpabilización de los estudiantes que no se esfuerzan. Dado que responsabiliza y culpa al alumnado que fracasa de su fracaso, porque no aprovecha las oportunidades que se le dan, alguien debe tener el poder de obligarles a esforzarse. Alguien tiene que hacerles “sangrar” para conseguirlo.”

Se trata de un ramillete (bastante mustio) de juicios de intenciones, pletórico de la quincallería intelectual más tosca —con falacias como la del hombre de paja o non sequitur—, mal ensamblado y, en definitiva, infantil, patético y ridículo. Y las redundancias, siempre las redundancias («responsabiliza y culpa»), como imperturbable banda sonora de fondo.

Estos son los tres primeros párrafos. Un inicio insuperable, pero a lo largo del texto, ¡lo supera! Vayamos, no obstante, a lo mollar y dejemos a un lado las cuestiones de estilo o de gusto.

2. La meritocracia sin gracia

La malvadísima meritocracia cuando le quitas la ideología

Existen razones sobradas para criticar cierto uso de la meritocracia como dispositivo legimitador de desigualdades injustas. Y procede su recusación. Pero nunca hemos de olvidar que esta crítica —justificada e incluso necesaria— a la meritocracia proviene de no ser verdaderamente meritocrática. Es decir, por estar basada en factores ajenos al talento y al esfuerzo (posición social, recursos económicos, sexo, raza, etc.). Lo que se denuncia entonces es una usurpación, no una corrupción intrínseca.

Veamos si ésta es la posición defendida por nuestro autor. Así comienza esta parte del artículo:

El problema es que la meritocracia se basa en una mentira radical: la presunción de que todos y todas partimos de una línea de salida igual. Niegan las brechas sociales, económicas o de género.

Lo de «mentira radical» (¿diabólica acaso?) me llama la atención: no se trata de una mentira cualquiera sino sustancial, extrema. Pero la prueba aportada es más bien magra: «la presunción de que todos y todas partimos de una línea de salida igual». Personalmente no conozco a ningún adalid de la meritocracia que piense una cosa así. Y la afirmación de que ésta niega las brechas socioeconómicas nace del mismo tenor huero. De hecho, la meritocracia como principio de razón práctica surge precisamente para combatir esas brechas. De ahí que para muchos constituya un eje imprescindible de la enseñanza, la cual, cuando es bien entendida, siempre conlleva una rebelión contra el destino y, por tanto, la enemistad declarada a toda desigualdad a priori. Por cierto, qué curioso que el autor se refiere también a las brechas «de género» que, o bien son biológicas (y por tanto insalvables), o culturales, y entonces forman parte de las desigualdades sociales y económicas.

Otras afirmaciones son omnicomprensivas, tremebundas y nunca acompañadas de justificación. «Las élites económicas, sociales y políticas» —el autor no nos aclara de si se tratan de una o tres— se oponen nada menos que «a cualquier forma de reparto social y garantía de derechos que, a su juicio, es la “ideología de los perdedores”». Aparte de los problemas de inteligibilidad, de concordancia y de incongruencia que la frase plantea, ¿qué se puede comentar, sin perder el tono de mesura, de una proclama así?

Continúa su exposición sosteniendo que, según la nefanda ideología meritocrática…

la comunidad solo está obligada a ayudar a aquellos que sufran infortunios que no sean culpa suya (distinguiendo así, entre pobres “merecedores” de ayuda y los que no se la merecen).

A mí se me antoja una crítica, además de confusa, casi nihilista: ¿cómo no va a diferenciarse entre, por ejemplo, el infortunio de una persona sobre la que recae una enfermedad irreversible y la desgracia `buscada´ de un conductor suicida, un terrorista o un golpista?

Y siempre comparece la escolta de la presunción indocumentada: «Se está reafirmando la idea de que ya existe igualdad de oportunidades». ¿Quién dice eso? ¿Dónde? ¿Cuándo?

Finalmente, zanja cualquier duda al respecto del objeto de su crítica:

el ideal [meritocrático] es defectuoso en sí mismo, un proyecto político vacío que evidencia una concepción empobrecida de la ciudadanía y la libertad.

Es decir, toda meritocracia —existente o ideal, empírica o normativa— es deleznable en sí misma.  Para el autor, no hay meritocracia buena como no puede haber enfermedad o plaga buena: es conceptualmente imposible, un oxímoron. A falta de otra virtud, le agradecemos al menos su claridad.

3. La solución a la meritocracia: nadie es más que nadie… nunca

Sé sincero, ¿qué te evoca esta imagen del autor?

Su alternativa pasa por una suerte de igualitarismo romo y romántico, además de extremadamente impreciso. Démosle de nuevo la palabra al pedagogo:

Incapaces de constatar la valiosa contribución al bien común de quien limpia en un hospital, quien reparte el pan, la enfermera que cuida de la salud o el electricista que mantiene la instalación.

Sobrevuela por un momento la idea de que la Covid nos ha hecho mejores (al menos, por un breve momento):

La pandemia de 2020 condujo a reflexionar, aunque fuera de un modo fugaz, sobre la paradoja de las tareas que contribuyen al bien común (enfermera) y las que son valoradas y remuneradas por el mercado (broker). El problema es que esto último, lo que es remunerado por el mercado es lo que termina definiendo el mérito y la autoestima de las personas.

No sé cuántos brókeres conocerá, pero quizás hubiera sido mejor buscar otro ejemplo. Tampoco hubiera estado de más, entre otras cosas, insertar alguna coma donde correspondía o explicarnos cómo la remuneración del mercado define algo personal como es la autoestima.

Y finalmente nos descubre la tesis (sin antítesis ni síntesis posibles). El desenlace del reconocimiento plural que pregona sería alcanzar [y con estas palabras termina el artículo]:

ese sentido de solidaridad colectiva y obligación mutua que supone un proyecto humano compartido basado en el bien común.

En resumen, basta ya de pretender escalar: ¡suprimamos las escalas!

Ciertamente no se trata de una tesis muy explícita, pero suficiente para que se nos acumulen las objeciones. De ahí que nos limitemos a alguna pincelada, que esto es ya demasiado largo. Repartir el pan puede ser una labor muy loable, pero no requiere capacitación alguna. ¿Cómo animamos a que un médico invierta casi una década en un estudio muy exigente para terminar cobrando lo mismo o recibiendo idéntico reconocimiento profesional que el repartidor de pan? Y ya que hablamos de médicos, si tuviera que someterse a una operación delicada, ¿elegiría a un cirujano de mérito o a cualquier residente recién llegado? Otro ad hominem: ¿está dispuesto a renunciar a todos los privilegios aparejados a su condición de profesor universitario? Seguro que muchas asociaciones recibirían con alborozo su excedente de sueldo y estoy convencido de que el malhadado sistema meritocrático no pondría el menor obstáculo.

4. Vayamos con la educación

La pedagogía que defiende el autor va más allá del racismo, ¡cada alumno pertenece a una especie distinta!
Y solo hay un ser humano: el pedagogo o el docente progresista. Inclusivistas, pero no tontos.

El texto resulta bastante desordenado, así que he preferido dejar el tema educativo, que aparece en diversos momentos, para el final. Después de todo, este y otros artículos no son sino réplica al «Manifiesto en defensa de la Enseñanza como bien público (contra la LOMLOE y las leyes que la preceden)». Por tanto, lo educativo constituye el argumento de la obra.

Como era de esperar, la demolición del mérito acarrea la demolición del esfuerzo:

(…) Este enfoque se basa en una forma falsa y deformada de enfocar y entender el esfuerzo. El alumnado claro que se esfuerza cuando comprende y valora el sentido de la actividad en la que está inmerso, cuando le interesa y ve su utilidad y sentido. Es algo innegable. Por eso deberíamos centrar la reflexión en lo que tenemos que hacer las administraciones educativas y los docentes para “que valiera la pena esforzarse”.

La primera frase redunda en las redundancias de una manera tan redundante que nos hace sospechar que se trata de una autoparodia (con reiteraciones fonéticas, léxicas y semánticas: enfoque… enfocar, forma… deformada, falsa y deformada…). Pero, de acuerdo a lo que hemos convenido, nos centramos en el contenido: este docente se sitúa en las antípodas de la sabiduría griega («Las cosas bellas son difíciles») para vindicar un horizonte educativo gobernado por el sentido. Eso no estaría mal si no fuera porque se refiere exclusivamente al sentido inmediato que da el alumno a lo que aprende; es éste el que ha de juzgar si el material que se le presenta es conveniente e interesante. Sinceramente no se me ocurre nada más regresivo, pues equivale a dejar al niño a merced de las poderosas maquinarias productoras de deseo que, en nuestra sociedad, operan a través de la industria del entretenimiento. Esto sí es neoliberalismo desalmado y no el que él pretende denunciar.

Llevemos su propuesta a las últimas consecuencias, tal como pedía Paul Valéry. Si un niño de 5 años no encuentra ningún sentido en la lectoescritura, habremos de respetar su agrafía espontánea como un rasgo propio e inviolable. Y qué decir de los áridos contenidos matemáticos, recibidos a menudo como tortura y sinsentido por el estamento discente. Él vuelve a virar por donde el `hombre de paja´, con un ejemplo de tanta finesse como este: «copiar 100 veces “no me portaré mal» (probablemente esta tarea la realizó el último alumno que se aprendió la lista completa de los reyes godos). Esta enseñanza a gusto del consumidor es el corolario inevitable de inmergir la doctrina rousseauniana en el turbocapitalismo. Y he aquí la seña de identidad más distintiva de la pedagogía actual. De donde el formalismo, el sentimentalismo y el paidocentrismo.

La enseñanza humanista y emancipadora se basa en principios opuestos: la autoridad del docente (que no tiene otra fuente que su saber), el valor vertebrador del conocimiento (el arma más poderosa que posee el ser humano) y la confianza del alumno en que la enseñanza tiene sentido intrínseco (aunque él solo haya de encontrarlo más adelante). Por desgracia, en la escuela de hoy apenas si quedan escombros, y a veces ni eso.

El pedagogo pone fin a esta parte dando rienda suelta a su vena elegíaca. Dejamos mera constancia de ella sin añadir nada (pues no encontramos sentido en la glosa ni aun con guasa):

El mérito y el esfuerzo se han convertido así en un disciplinador de corazones y mentes, un pretexto para modelar la frustración y la vergüenza de los derrotados, que viste de promesa su fracaso: algún día también les tocará el turno, sin ser conscientes no solo de que ese día nunca llegará porque las cartas están trucadas desde el principio, sino de que lo que así se logra es perpetuar y justificar el esquema, convirtiendo incluso a los perdedores en clase aspiracional eterna.

5. Conclusiones

Resulta curioso que no exista ni una sola referencia a la escuela como espacio —a partir del contacto con las mejores obras de la humanidad— para el cultivo espiritual, el desarrollo personal y la inteligencia crítica. No es casual. El autor solo está interesado en la externalidad política de la enseñanza, y no precisamente en la más noble de ellas, en la igualación por los bajos.

Encima hago propaganda de este libro. Y pongo enlace de presentación al otro: https://www.youtube.com/channel/UCT44Rnm8B7zxN4y82gSt94w?app=desktop

Cabe mencionar que el autor, Enrique Javier Díez Gutiérrez, es profesor de la Facultad de Educación de la Universidad de León y ha escrito los libros Pedagogía Antifascista y Neoliberalismo educativo. No es probable que lo lea (salvo que lo nombren ministro de Educación, que bien pudiere ser), pero ya el título nos muestra el trasvase ilícito de nociones propias del ámbito político al educativo, que tan lúcidamente denunció Hannah Arendt en los años cincuenta del siglo pasado.

Para ser justos, hemos de reconocer a nuestro pedagogo al menos la coherencia entre vida y obra, pues nos muestra, más allá de toda duda razonable, que cualquiera puede ocupar un cargo en la institución —teóricamente— más meritocrática de todas: la Universidad. Estoy convencido de que sería muy fácil encontrar a un panadero que posea ideas educativas más ricas y funcionales que las que defiende él (o siguiendo la estela marxista —de Groucho, claro— a un niño de cinco años, ¡que me traigan un niño de cinco años!).

Terminemos, pues, con melancólico e inevitable colofón: ¿cómo no va a estar la educación hecha unos zorros si anda dirigida por estos porros?

Carlos Rodríguez Estacio

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E-PISTOLAS PAULINAS

Si uno tuviera la suerte de no conocer a Pablo Iglesias, podría encontrar un excelente compendio de todos sus «encantos» en este articulito (https://ctxt.es/es/20210901/Firmas/37096/Pablo-Iglesias-tribuna-politica-izquierda-PSOE-gobierno-Vox-PP-ultraderecha.htm). Solo faltaría el tono moderado y pro constitucional que lució en algún debate televisado, es decir, faltaría lo que no tiene nada que ver con él.

Hagamos una disección, lo más aprisa que se pueda, de su contenido más relevante y, sobre todo, revelador. El artículo empieza de manera poco original: metiendo miedo. ¡Alerta, es posible que haya pronto un Gobierno de derecha y ultraderecha! Estas son —por así decir— sus razones:

  1. Lo dicen las encuestas. Al parecer éstas ya han dejado de ser instrumentos al servicio de la Casta y del Ibex-35, como ha criticado tantas veces, adquiriendo súbitamente don de credibilidad.
  2. El hundimiento de Ciudadanos permite dividir menos el voto de la derecha. Esto es curioso porque hace menos de un año (con Cs ya hundido) le espetó al PP —en el Parlamento además— que «nunca volverán a formar parte del Consejo de Ministros» (23/09/2020). Y el motivo era ¡precisamente por su coalición con la «ultraderecha»!: «Ustedes han condenado su propio futuro al caminar con la ultraderecha». Once meses después defiende exactamente lo contrario: este caminar juntos es justo lo que puede auparles al poder.
  3. Por último, menciona un tercer factor para él crucial: el dominio cultural de los medios de derechas «con sede en Madrid» (esto lo repite varias veces, es un leit motiv del textículo; ¿estará aquí la causa de su último descalabro electoral? Jajaja). Sin embargo, puesto que no ha habido ninguna novedad reseñable en el sector —los mismos medios con los mismos protagonistas desde hace años—, no acaba de entenderse muy bien esta apelación (ni en general todo lo demás que escribe, salvo si atendemos al cui prodest).

Una característica común a todo el artículo —y a su trayectoria política— es no aportar ni un solo dato o una mínima fundamentación de sus más bizarras presunciones (en este caso, el dominio cultural de los medios de derechas). Lo de la carga de la prueba no va con él (ni con el tipo de feminismo que promueve). Y en rigor aquí debería aplicarse el precepto de Hume: «afirmaciones extraordinarias requieren de pruebas extraordinarias». Lo cierto es que hasta ahora la coalición sistémica de intereses, así como la nómina completa de magnates con aficiones de ingeniería social, han deambulado únicamente por la orilla izquierda.

Por otro lado, se da la circunstancia de que el PP ha distado mucho de convenir con VOX, tolerando, animando o incluso participando en los linchamientos a este partido. Me ahorro los ejemplos para no hacer esta glosa demasiado espesa. Únicamente apunto que la coalición o el entendimiento dista de ser un hecho, como saben muy en Andalucía.

A continuación, Iglesias pasa a describir cuáles son las prioridades políticas del partido VOX. Lo hace de una manera —y esta es otra constante del artículo— que más bien parece hablar de sí mismo o de su propio partido: ambición de poder a cualquier precio, financiación por grandes empresas (¿cuáles en el caso de VOX?, ¿dónde están los Soros y Roures de este proyecto?; al menos, debería detallarlos para ignorantes como yo)… También se atreve a hablar de financiación iraní. Hasta donde yo sé, esta financiación, en el caso de VOX, fue transparente, solo para las Europeas de 2014, escasa (800.000 €) y a cargo de personas perfectamente identificadas («abogados, médicos y consultores que viven en Occidente y se oponen al régimen totalitario y terrorista de los ayatolás de Irán» —declaró al respecto Iván de los Monteros). Puede ser que él disponga de más información que yo. Si es así, por favor, que la comparta para no dejarnos en ascuas (o en sus tiznadas sardinas).

Por otro inquietante lado, Pablo Iglesias dejó claro que el dinero non olet, dando pródigamente la bienvenida a todo capital —el fin justifica los euros— con independencia de su origen: iraní, siciliano o putinesco. «Así es la política» —dice. La Realpolitik, para ser más exactos, aunque, al parecer, esta hospitalidad pecuniaria incondicional solo vale para sí mismo y los suyos, no para el adversario político. Dejo aquí enlace a algunas intervenciones del personaje sobre esta cuestión: https://www.elconfidencialdigital.com/video/videonoticias_de_ecd/vea-pablo-iglesias-iran-geopolitica/20160119201643036315.html

Sigue Saulo de Metatarso: «La derecha y la ultraderecha conocen bien las reglas de la guerra cultural». No está mal esta afirmación por parte de alguien que ha dedicado toda su actividad política a la guerra cultural. Tal guerra cultural —nos aclara— es el españolismo reaccionario. La frase es perfectamente vacua («La condición de posibilidad de ascenso de la derecha y ultraderecha ha sido el españolismo más reaccionario y esa misma sería la condición de posibilidad de su permanencia en el poder»). ¿En qué consiste tal españolismo reaccionario?, ¿por qué es condición de posibilidad para el acceso y mantenimiento en el poder? As usual, se limita a presentar el significante vacío, debidamente atufado, y ya cada cual que lo embuche con sus fobias favoritas.

Eso sí, se nos informa que este españolismo reaccionario buscará su enemigo ideológico natural. Y es verdad que no hay mejor experto en la tarea de buscar enemigos que Saulo, perseguidor de diestros y cristianos. Ahora bien, nos deja claro que la plurinacionalidad —según expone reiteradamente— es lo mejor que existe en nuestro país. ¿Sería también buena para países con mayor diversidad regional y riqueza lingüística, como Francia o Italia?, ¿No es eso lo que defiende el partido ultraderechista de la Liga Norte? ¿Debe también defenderse la plurinacionalidad a nivel interno (por ejemplo, dentro de Cataluña y País Vasco) o solamente a nivel externo (contra España)? T@ntas preguntas…

Con independencia de las bondades de la plurinacionalidad, uno tiende a pensar que más bien ha sido ésta —en sus concreciones vascas y catalanas— la que declaró hace mucho tiempo su enemistad con España. Por ejemplo, para no remontarnos al ultramontano Sabino Arana, en el ideólogo vasco Jon Idígoras: «España y Franco son lo mismo». Realmente es innecesario rastrear ningún pasado, moto o remoto, para hallar testimonios de esta permanente declaración de guerra, basta con sintonizar ahora mismo —da igual cuando lo leas— TV3 o Euskal Telebista. Por cierto, no sé si Iglesias considerará los puntos de vista del ex president Torra como «reaccionarios», imagino que no, pero es seguro que desde el final de la Segunda Guerra Mundial no se había escuchado a un dirigente político expresar tan desacomplejadamente su racismo y xenofobia.

Respecto al programa de VOX de reformar el Estado de las Autonomías o iniciar una recentralización (probablemente menos intensa que la propugnada por la Revolución Francesa o el ideal jacobino, considerado epítome de las izquierdas), declara que «… los partidos que defienden la plurinacionalidad, los gobiernos catalán y vasco, las propias comunidades educativas así como amplios sectores ciudadanos, no tendrían más remedio que oponerse y movilizarse». O sea, las calles son nuestras y no hay la menor cabida para determinadas propuestas políticas. De esta guisa, se propone emular al Estado francés en su acendrado republicanismo, pero se descarta a priori la posibilidad de hacer lo propio respecto en su firme centralismo (a pesar de que la monarquía tiene mucho más peso en la Constitución española que el Estado de las autonomías). No hace falta haber leído a Rawls, para saber que la democracia liberal se inventó precisamente para evitar estas actitudes despóticas y despótricas.

Por lo demás, pertenece al estatuto de ficción no plausible, o directamente descabellada, la conspiración que existiría para apoyar estas iniciativas felonas, pues «los grandes medios conservadores» de los que habla (cabe pensar en ABC, La Razón, la COPE…) se han caracterizado por el rechazo a VOX. Por otro lado, el PP acepta con entusiasmo el modelo autonomista (que tantos carguitos, influencia y redes clientelares le asegura). Esta misma semana ha habido dos declaraciones muy significativas de líderes del PP a favor de las autonomías y sus regalías.

En lo de señalar a la escuela catalana como adoctrinadora y cómplice del independentismo no es una idea de VOX sino que constituye una evidencia para quien no sea muy tonto o no tenga interés directo en el «negocio» (ahí está el informe de la Alta Inspección, adecuadamente archivado en el cajón más lóbrego por Isabel Celaá). Termina el párrafo irrisoriamente con un «Hagan sus cábalas». Hagan sus trágalas, debería más bien haber escrito.

Sigue Iglesias despeñándose por donde las pendientes resbaladizas. En su magín, todo lo anterior daría lugar a una escalada de tensión, que desembocaría en la ilegalización de Bildu y los secesionistas catalanes. Y es cierto que VOX ha defendido la ilegalización de partidos que no condenen la violencia. En su día ya Herri Batasuna, que justificó el atentado contra el entonces presidente Aznar (probablemente por haber sido aprobada favorablemente en una Herriko taberna), fue ilegalizada. La Ley de Partidos que la hizo posible fue votada a favor por PP, PSOE, CIU, CC y el PA. No quedó muy lejos la unanimidad de toda la Cámara. ¿Hay muchas diferencias entre esa Herri Batasuna y la Bildu actual? A lo peor lo que ha cambiado es (casi) todo lo demás. Respecto a ilegalizar partidos que se propongan romper la unidad nacional, es algo que ya está establecido en varias constituciones democráticas, por ejemplo la alemana. En cualquier caso, es muy improbable que —sobre todo lo segundo— ocurra en las próximas décadas. No hay más que ver cómo los Gobiernos del PP —con mayoría absoluta o simple— han estado tolerando (y con ello prevaricando) los non interruptus hiatos legales en Cataluña.

De lo que no hay duda, al menos para mí, es que Saulo Iglesias disfrutaría como un onano ilegalizando partidos (tarea que solo habría de finalizar con la institución del Partido Único).

Continúa afirmando que «a la ultraderecha (…) le sobran 26 millones de ciudadanos». De nuevo, a los hechos: Iglesias decretó una alerta antifascista contra los resultados electorales andaluces de 2018. O sea, contra casi dos millones de andaluces, que o bien sobraban o no debían ser tenidos en cuenta. Manifestaciones del mismo tenor jalonan toda su trayectoria política. Él se dirige a una parte que, eso sí, pretende investir como el Todo (torpemente, a juzgar por sus resultados electorales).

Añade que la iniciativa ilegalizadora contaría «con importantes apoyos en los sectores dominantes del poder judicial, en muchos sectores del poder económico y en los poderes mediáticos de Madrid». Una vez más, sin explicar ni detallar nada. Puros mantras vacíos, juicios sintónicos a priori, boberías con mala baba. Los hechos, por el contrario, nos señalan:

  1. Que el Poder Judicial hizo tumbar a un Gobierno del PP y lo hizo incluyendo un párrafo, muy sobrecargado de «vehemencia», sobre algo que no se juzgaba (generando así una evidente indefensión). Ese era el amarre que necesitaban los poderes mediáticos de izquierda para armar la mariano-morena (con el concurso, eso sí, inestimable de fuego-fatuo Rivera).
  2. El Poder Judicial (jueces, fiscales y abogados) se movilizó con una energía sin precedentes contra el ministro Gallardón y luego contra el ministro Catalá. No conozco iniciativa equivalente con ningún ministro del PSOE.  
  3. Más del 70% de los jueces en las últimas promociones son mujeres. No es fácil entender que salgan tan bien paradas en las oposiciones si el Poder Judicial está en manos de sectores recalcitrantemente reaccionarios.
  4. El único poder económico que hasta ahora está incuestionablemente politizado es el que comparece en las causas de izquierdas. Así, Soros, Roures (el `emprezario´, amo o mecenas de Pablo Iglesias y que probablemente sea la causa última de la mayor parte de las afirmaciones vertidas en este texto) o incluso Ana Botín, que defendió ante su Consejo de Accionista los «bonos feministas» de su banco «porque eran buenos para el negocio». ¡Y tanto!
  5. Respecto a los poderes mediáticos, propongo una prueba: ¿qué posibilidad existe de encontrar un editorial crítico con las autonomías o el feminismo? Para mí, está claro que la guerra cultural la domina abrumadoramente la izquierda; incluso muchos medios que no hacen propaganda explícita de sus partidos, acepta la mayor parte de sus cuentos o relatos. Y mejor no hablar de las universidades o los intelectuales con derecho a goce (premios, reconocimientos, favores…). Como decía Andrés Trapiello —un autor de izquierdas, pero de otro tipo de izquierdas—: «En la cultura, fuera de la izquierda, se pasa mucho más frío». He aquí la anhelada `hegemonía cultural´ o sol-que-más-calienta.

Critica además que haya presos políticos «que no habían cometido, ni de lejos, ningún acto violento». Con ese criterio tan laxo, quizás Hitler, de haber sobrevivido, no debería haber sido procesado; o su amigo Heinrich Himmler, muy aprensivo ante la visión de la sangre (en una ocasión, casi se desmayó al ser salpicado).  

Afirmar que esa coalición reaccionaria (¡la versión podemita del complot judeomasónico!) «colocó a la monarquía en un lugar inédito a partir de aquel 3 de octubre de 2017» no es sino otra majadería más. Puesto que la del rey fue la única postura verdaderamente demócrata (y republicana) en aquellos días de ruido y curias, es inevitable pensar que hubiera sido mucho más sencillo para el PP, en vez de delegar la faena (de defender el Estado de Derecho) en el monarca, haberla asumido el propio Gobierno de Rajoy.

Blablabla, mucho más de lo mismo, y el verdadero, y quizás único, argumento de la obra: más que blanquear, exaltar el nacionalismo como fuerza de progreso. ¿Lo hace como estrategia para mantenerse «en el candelabro» o en cumplimiento de las instrucciones de Roures? No lo sé. Llega a decir que la coalición entre su partido y el secesionismo catalán ha hecho «saltar por los aires el sistema de partidos en España», a pesar de que el pacto con nacionalistas es una costumbre constante y sonante de la democracia de este país (que es como los de su jet gustan llamar a España). A este respecto, resulta relevante que todos los líderes de izquierda con cierto recorrido en nuestro país (del PCE, IU o del PSOE no-sanchizado) han recusado esta entente como nefasta para los desheredados de Cataluña (y de toda España).

Y poco después habla de «Los poderes no sometidos a controles democráticos». Obviamente todos los poderes han de estar sometidos a control democrático, el problema es que Pablo —al igual que su camarada y amigo Otegi— lo entiende a modo de sufragio popular (o de `acción directa´ por los «guardianes del pueblo»). Como sabe cualquier persona políticamente instruida, el control democrático no equivale siempre a `control por el pueblo´. Entenderlo así no es sino populismo barato o directamente barbarie. Ya Max Estrella lo expresó con elocuente firmeza: «La democracia no excluye las categorías técnicas, ya usted lo sabe, señora portera». Una labor profesional solo puede ser juzgada por otros profesionales. Pretender que los jueces, los médicos o los profesores sean elegidos por un comité popular abre la puerta a las peores pesadillas políticas. Ni siquiera es necesario explayarse sobre esta cuestión, de suyo incontrovertible, que ya analizaron lúcidamente los griegos en la primera hora de la primera democracia.

El Poder Judicial, es verdad, no es suficientemente independiente en nuestro país, pero lo que propone Podemos es su total avasallamiento (en el doble sentido de atropello y vasallaje), y por eso solo cabe denominarlos `reaccionarios´, pues proponen rescatar un modelo del Antiguo Régimen; da igual a estos efectos que el tirano sea un monarca absoluto o la dictadura del proletariado. Pero Podemos no es solo reaccionario por su oposición a la separación de poderes. El liberalismo clásico instituyó las bridas al poder, los contrapoderes, el papel esencial de las instituciones, la función pública independiente, etc., como únicas fórmulas civilizadas de convivencia. Y todo ello es abominado por el podemismo. En rigor, su antiliberalismo solo puede encontrar parangón en las huestes nacionalistas (no es extraña la complicidad —aparentemente contra natura— entre ellos) o en el sanchismo, ese maquiavelismo sin libros.

Quedan algunos párrafos del artículo, pero no merece la pena seguir la exégesis. Se suceden las afirmaciones inanes o refractarias a la realidad y/o la racionalidad: «La pandemia ha reforzado un sentimiento transversal de orgullo por lo público». Lástima que no nos aclare dónde y cómo se manifiesta dicho orgullo. Ciertamente las elecciones de Madrid, que ganó de calle, según sus propias palabras, el «PP más ultra jamás visto», no parecen el mejor augurio del cambio de paradigma que expone.

O la frase donde manifiesta que la Monarquía «no ha parado de hacer gestos a la España oscura (la ostentación con la que se ha presentado el traslado de la heredera al trono a un carísimo colegio privado británico es el último ejemplo)». Se da la circunstancia de que dicho colegio cuesta menos que el que acarrea un solo mena y que es abonado directamente por la Casa Real, es decir, no supone ningún gasto añadido al contribuyente. Si a Iglesias le parece mal que se vaya a un colegio privado (y éste supone un coste más bien modesto —38.250 € al año— en el sector; compárese por ejemplo con los 130.000 que se gasta en el mismo concepto la «izquierdista» Pilar Rahola), debería empezar por reconvenir severamente a varios de sus compañeros de gabinete. En cuanto a «la ostentación» de la que habla, reconozco que no sé a qué se refiere. No la he encontrado por ningún lado. De hecho, la princesa viajó hasta Gales en un vuelo regular y no en Falcon, como ha hecho tantas veces Pedro Sánchez por los motivos más peregrinos (concierto, boda de cuñado…).  

Es la hora, por fin, de concluir. Se trata de un artículo en el que su autor ensaya lo que mejor sabe hacer: fragmentar la sociedad, sembrar la insidia, incitar al odio, proporcionar munición para la violencia de los suyos…. Ahora bien, no deja de resultar llamativa la indigencia intelectual que sobrevuela continuamente, alcanzando por momentos cotas de ridiculez insuperables. No solo declara la guerra a la realidad y a la inteligencia, sino a sí mismo: a las tesis que defendió en otras ocasiones … o incluso en el mismo artículo. Me ha sorprendido en todo caso la abrumadora dimensión proyectiva de muchos de sus pasajes. Como si Casado se empeñara en escribir un artículo sobre el fraude académico en los másteres universitarios.

El lenguaje que utiliza proporciona también pistas valiosas acerca del imaginario pulsional del gachó: «… excitará los deseos de las bases culturales de toda la derecha», «… los dos grandes partidos alfa dominantes…». Cómo no recordar el lapsus en el debate electoral («Hay que dar la razón a las mujeres que están escandalizadas con lo que hemos visto con tantas mamadas») o los chats donde se declaraba «macho alfa» y expresaba su deseo de azotar a Mariló Montero «hasta hacerla sangrar». Cualquiera de estas anécdotas aisladas hubiera supuesto el fin de la carrera política de un candidato de derechas, además de desencadenar un tsunami de artículos, innumerables ensajes en redes sociales y chistecitos del Wyoming para varios lustros.

Su característico estilo reptilíneo ha sabido encontrar, y no era fácil, una ilustración a la altura de su pro-eyecto. Nada menos que una pistola Luger, la de los nazis, con los logos de PP y VOX a la altura de la culata y «PRENS.A. 78» justo arriba del gatillo. La diagonal de la R en PRENSA está adecuadamente atenuada para que pueda leerse como «PP».


Es difícil superar este nivel de ignominia… y también, claro, de idiotez. Por ejemplo, por estas razones:

—1) ETA empezó a matar con un arma que encargó Hitler. Y muchos de sus objetivos fueron personas pertenecientes al PP. También amenazaron a Santiago Abascal y a su padre (es sabido que los compañeros universitarios del líder de VOX cruzaban apuestas para ver cuándo le mataba ETA). Por tanto, no puede ser más desafortunada esta elección para mostrar la hipotética violencia de PP y VOX, pues más bien alude a su condición de víctimas , ejercida por quienes comparten —al menos, en parte— su «agenda progresista».

—2) Sobre la otra inscripción, bueno, no hace falta comentar la niñería de la R que es casi P formando así una doble P: ¡el PP, qué ingenioso! Y no me entretengo en los dos puntos repartidos que seguro que también tienen su «mensaje» (qué infantil es todo esto, por favor). Me quedo solo con lo de «Prensa 78». De esa época son los periódicos Diario16 (irreconociblemente podemizado y sin sustancia periodística en la actualidad) y El País (que tanto ha hecho por encubrir las fechorías del autor del artículo). Está claro que no se refiere a ellos. Pero el otro que existía en esa época, el ABC, inició su andadura mucho antes (1903). Respecto a las cadenas de radio (que alguien me corrija si me equivoco, pues hablo de memoria), todas las de aquella época habían sido fundadas mucho antes. O sea que, más bien parece, que el tiro le ha salido (o le puede entrar) por donde la culata.

Mientras escribo estas líneas finales, me encuentro con este tuit de CTXT dirigido a Libertad Digital:

«hagan el favor de rectificar su último bulo. CTXT NO es «un panfleto de Roures». Por supuesto que somos un panfleto, pero totalmente ajeno al empresario catalán. Solo tenemos un acuerdo de cesión de tráfico con @Público. Saludos a Federiquito».

Y con este mensaje del escritor Iván Reguera:

«He comunicado al director de la revista CTXT que abandono mi colaboración en ella. Tras varios artículos rechazados y maltratados, primero pensé en una evidente censura y desprecio hacia mi trabajo. Nunca, y he conocido a verdadera chusma, me habían tratado así, en mi vida.»

Yo no sé qué es «un acuerdo de cesión de tráfico» ni por qué les molesta tanto el «bulo» de un medio «facha» (¡al que piden por favor que rectifiquen!); igualmente ignoro cuáles son los motivos de la censura a Iván Reguera (poco amigo del izquierdismo woke o podemita), pero estoy seguro de que Pablo Iglesias se va a encontrar aquí —al igual que en la Cadena Ser o en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC)— como en su propia casa. No, espera, ¡mucho mejor!

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UN LIBRO NECESARIO. Noticia de `¿Somos el fracaso de Cataluña?´ de Iván Teruel

«Nada hay más universal que lo individual, pues lo que es de cada uno lo es de todos» (Unamuno)

A pesar de la hipertrofia bibliográfica que existe sobre el nacionalismo catalán, que ha resultado a la postre más ponzoñoso que el vasco (pues su rebaba ha terminado desaguando por toda España), hacía falta que apareciera un libro como este. Un libro que —como señala el propio autor— se propusiera dar voz a los desarraigados. Sin embargo, el libro no se agota en esta voluntad de intrahistoria; late continuamente una ambición de entender, de ir más allá de las peripecias individuales, de tomar distancia para alcanzar una perspectiva comprehensiva. Y este nudo entre lo narrativo y lo analítico constituye, sin duda, una de sus grandes fortalezas.

El libro comienza en clave autobiográfica: con la accidentada llegada de sus abuelos a Cataluña. Gracias al excelente brío narrativo, bastan unas pocas líneas para que el lector se sumerja sin reservas en la historia. Poco a poco, de una manera casi inductiva, la narración (capítulos 1 y 2) va dando paso a la conceptualización; primero desde la mirada del padre y del tío (capítulos 3 y 4) y luego a partir de la propia vivencia personal del autor (capítulo 5). Finalmente, el capítulo 6 cierra magistralmente el círculo proporcionando el marco que permite cartografiar el material desplegado. 

Esta disposición constituye un extraordinario acierto, pues emula a la vida misma, en la que somos sucesivamente modelados por las creencias y biografías de nuestros antepasados, por nuestras propias experiencias y, finalmente —en los casos afortunados—, por la reflexión, cribaje e integración de todo lo anterior.

Este libro nace de una herida: el rechazo que existe en Cataluña —como veremos, de índole inequívocamente clasista— hacia una parte importante (mayoritaria) de la población. En literatura psicoterapéutica, el trauma (del griego τραῦμα = herida) es lo que no se puede narrativizar, aquello que no se puede integrar en un relato personal. Y esa labor re-conciliadora es la que afronta Iván Teruel no solo de manera admirable sino con estricta fidelidad al origen etimológico de la palabra: `reconciliar´ significa «hacer volver a alguien a la asamblea» (al concilio), en este caso a todos los desarraigados que, por vía de hecho, han sido expulsados de ella.

El punto de partida —el regreso a los orígenes familiares— evoca a El primer hombre de Albert Camus (por cierto, otro pied noir). Aún más: sobrevuela un cierto aire camusiano en toda la obra; en primer lugar, por la actitud de resistencia ante lo que nos desmiente y por la aspiración de libertad como imperativo moral insoslayable. Pero también por la infatigable búsqueda de la perspectiva verdadera, siempre en guardia ante las trampas que la vanidad o el interés nos tienden. Decía el escritor francés que el genio no es sino la inteligencia que conoce sus fronteras, es decir, no pertenece a la inteligencia que sobresale sino a la que es consciente de las propias limitaciones y actúa a partir de ellas. Una muestra de esta actitud de apertura y autovigilancia es el uso reiteradísimo del adverbio quizás (les invito a contar las veces que aparece en el libro). Tampoco es casual que el título del libro sea una pregunta. Y no se equivoquen, este titubeo no denota inseguridad —más bien al contrario: hace falta un extraordinario carácter para exponer públicamente los propios errores, zozobras y amedrentamientos— sino temor a la mirada fragmentaria o parcial; probablemente por haber conocido muy de cerca los horrores a los que lleva el sectarismo.

Esta continua revisión de conciencia nos lo aproxima a otro gigante de las encrucijadas político-morales: George Orwell. Las palabras que le dedica Lionel Trilling bien podrían, sin forzarlas, aplicarse a Iván Teruel:

«¿Qué representa su figura? La respuesta es la virtud de no ser un genio, de enfrentarse al mundo armado con la mera inteligencia y con el desengaño asociado a la misma, así como el respeto por la capacidad y el trabajo propios… Orwell no es un genio: ¡qué alivio!, puesto que nos anima a comprender que lo que él ha hecho podría hacerlo cualquiera de nosotros».

El propio Orwell dejó escrito en 1946 lo siguiente: «yo sabía que tenía destreza con las palabras y el poder de afrontar los hechos desagradables». Y he aquí dos rasgos sobresalientes de esta obra: la destreza con las palabras (que nace de la determinación de usar le mot juste, la palabra correcta, correlato obligado de la búsqueda honesta de la verdad objetiva) y el poder para afrontar los hechos desagradables, poder que se ejerce tanto hacia fuera como hacia dentro.

Es probable que esta desconfianza epistémica —punto de partida ineludible de toda verdadera evidencia— se ejerza de manera preferente y con mayor exigencia hacia las ideas que resulten propicias para el autor. Por ejemplo, cuando, al hilo de la imposición del catalán, el autor se pregunta si la defensa y la promoción del catalán justifica el hostigamiento hacia quienes tienen el castellano como lengua materna. Él se limita a plantearlo, pero la respuesta, desde una perspectiva mínimamente civilizada, solo puede ser no. El idioma catalán —como cualquier otro ente abstracto— carece de derechos. Uno posee el derecho a expresarse en su lengua materna, pero ninguna lengua tiene el derecho a asegurarse por la vía coercitiva a hablantes forzosos que la perpetúen.

El capítulo final se dedica a proporcionar algunos conceptos clave para el encuadre de lo que ha sucedido y sucede en Cataluña. La especie humana es ultrasocial, de ahí proviene buena parte de su grandeza y de sus servidumbres (por ejemplo, la necesidad de aprobación grupal, la amenaza constante de activación del interruptor tribal…). El autor se sirve de datos extraídos de diferentes disciplinas (sociología, psicología evolutiva, neurofisiología…) para explicar cómo se ha ido tejiendo, de manera gradualísima pero imparable, una telaraña invisible, leviatanesca. En esta urdimbre destacan el papel de la escuela (facilitado por el hecho de que los adolescentes sean biopsicológicamente mucho más sensibles al rechazo social) y de la prensa, convenientemente irrigada para bizquear solo donde políticamente interese (de ahí que ningún diario catalán informara de los casos de corrupción relacionados con la trama del 3%).

El libro viene precedido por un prólogo de Félix Ovejero, en el que expone con ideas claras y distintas que una minoría privilegiada ha ensayado —¡con éxito!— presentarse como víctima de los excluidos, al mismo tiempo que los desprecia y humilla. Esto ha sido posible a través de la colonizacion de las instituciones y de amplios sectores de la sociedad civil, es decir, dominando todos los engranajes —formales e informales— del poder. Y es digno de reseñarse la clarísima línea de continuidad con el franquismo, sin el cual un fraude de estas proporciones no hubiera sido posible. El franquismo, en efecto, permitió que los inmigrantes que llegaban a Cataluña desde los años 50 fueran considerados ciudadanos de segundo grado o no-ciudadanos. Si en aquel entonces la oligarquía catalana fue cómplice de la dictadura (de ahí que la represión postbélica, al igual que en el País Vasco, fuera incomparablemente menor que en otros territorios), cuando llegó la democracia tocó jugar la baza gatopardiana del catalanismo para seguir perpetuando sus privilegios. Si agudizamos un poco el oído debajo de la ruidosa charanga nacionalista no encontramos otra cosa que la prosa lapidaria de la lucha de clases.

El libro termina con un epílogo de Julio Valdeón en el que establece un paralelismo con el asalto al Capitolio para concluir que lo ocurrido en Cataluña es mucho más grave, pues se trata de una anomalía cronificada, inasimilada y que además tiñe toda la política nacional.

Recapitulemos para terminar: nos encontramos ante un libro que niega todo asilo respetable al nacionalismo, señalando con lucidez y mesura su incuestionable naturaleza clasista. En ese sentido, y a pesar de (o gracias a) la ausencia de un tono concluyente o rencoroso, supone un desmentido radical, polifónico e implacable del proyecto nacionalista.

Más allá de este horizonte refutatorio (en sentido dialéctico: negar para construir a un nivel superior), la obra contiene una valiosa advertencia (hemos de estar alerta sobre nuestras tendencias gregarias) y una hermosa enseñanza humanista: todos somos extranjeros; tal como escribió Plutarco, deberíamos identificarnos siempre con cualquier forastero porque al menos una vez —y decisiva— hemos estado en su misma situación, dado que nacer no es sino «llegar a un país extranjero».

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AQUÍ ESTÁ (CASI) TODO

https://www.elmundo.es/espana/2021/07/21/60f29599fc6c830b4d8b4591.html

Esta noticia nos permite entender muchas cosas de nuestro dizque sistema educativo. Un alumno que ha suspendido ocho asignaturas y que ni siquiera ha ido a clase, aprueba de golpe y logzaso el curso completo. ¿Cómo se obró tal prodigio? Pues a partir de la reclamación de la madre en la que exponía «que el alumno ha estado desatendido y se podría haber hecho una excepción con su caso». No deja de ser curioso que la madre atendiera a la desatención ya con el curso vencido, pero, ya se sabe, que el principio de no contradicción está totalmente en desuso en nuestros días.  

La base de esta demanda de lesa excepcionalidad es que el niño es asmático (si bien la mamá no presentó la dispensa médica que avalare su necesidad de permanecer en casa). Según la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía, «la ausencia no tiene justificación y ser asmático no le imposibilita acudir a clase».

Los profesores, por su parte, han aportado más de cien correos electrónicos que demuestran que intentaron ayudar al menor y que le dieron atención telemática a través de la plataforma Moodle. Sin embargo, todos ellos ratificaron en primera instancia sus respectivos suspensos porque «habiendo atendido al alumno según la legislación vigente, la media de las notas en las diferentes destrezas no alcanza el aprobado».

Primeras conclusiones:

  1. En ningún momento se plantea que la calificación sea una medición del nivel académico. La cuestión no es saber si el alumno sabe o no sabe sino si ha estado atendido (o si ha faltado justificadamente). Pero «estar desatendido» podría, en todo caso, dar ocasión a la apertura de un expediente disciplinario a los `docentes desatentos´, pero obviamente no posee por sí mismo propiedades instructivas.
  2. Resulta llamativo que no se plantee siquiera como problema el hecho de que un alumno pase de curso con todas las asignaturas suspendidas; sin duda, es una expresión de confianza en el principio de inercia: el movimiento rectilíneo uniforme relativo se prolongaría indefinidamente si no actúa una fuerza sobre él.
  3. La ley deja de ser vinculante cuando hay una situación considerada como «especial» (que, por cierto, autodecreta la propia madre, sin el aval de un diagnóstico médico).
  4. La obligación de un docente es proporcionar enseñanza personalizada y procurar atención psicoafectiva. ¡Las «montañas» docentes han de justificar exhaustivamente que han ido una y otra vez tras el Mahomita!

Sigamos con el relato. La directora dice a estos docentes que «tenían que aprobar al alumno porque, si no, iban a tener problemas». A mayor detalle, añade que el inspector la había llamado para decirle que «iba a salir adelante el recurso por no dar al alumno la atención debida». Entonces, los docentes vuelven a reunirse el 29 de junio y donde dijeron suspenso ahora decían aprobado. ¿Qué noble motivo apelaban para tal ovidiable metamorfosis? «Para no tener líos».

Nueva conclusión:

5. Los centros educativos funcionan según una jerarquía propia de regímenes anti-democráticos. Y el director actúa como un `inspector de campo´ que garantiza la fluidez en la cadena de transmisión de las órdenes emanadas desde arriba.

Para ello dispone de abundantes palos y zanahorias. Entre los `palos´ se encuentra la burocracia disuasoria. No basta con cambiarte la nota (algo que termina sucediendo en un porcentaje altísimo) sino que procuran desanimarte de persistir en el futuro con praxis tan «antidemocráticas».

Es así que, si habemus suspenso reclamado, la inspección puede pedirte los documentos pedagógicamente más inverosímiles o más abrumadoramente coñazos (conozco algún caso en que solicitaron todos los exámenes de todos los alumnos a lo largo del curso —con el preceptivo desglose de competencias, estándares y demás Sursum Gorda Pedagogica— para acreditar que no había habido discriminación con el alumno reclamante). El menor defecto formal —y nadie posee un trastorno obsesivo compulsivo de tal magnitud para tener todo este delirio en regla— certifica ipso facto el aprobado. Si la reclamación es en junio, como suele suceder, la pena viene con recargo: estar el mes de julio `empapelado´. El profesor termina rindiéndose: no tiene ningún interés personal en mantener el suspenso contra todos los poderes fácticos y tácticos, a diferencia del que posee para que le dejen vacante y tranquilo. Pero, en sentido estricto, está prevaricando.  

6. El sistema está diseñado para la producción masiva de aprobados. Por un lado, para cumplir —de manera espuria— con los objetivos establecidos a nivel europeo. Por otro, para generar contento social de la manera más lene. El trabajo de un inspector se valora en su capacidad para incrementar títulos y promociones. Y lo mismo del director… del resto del equipo directivo, de los coordinadores de área, de las jefaturas de departamento, de los tutores… ¡El que menos presionado está para aprobar es el alumno!

Nadie que sea docente en la actualidad (al menos en Andalucía) puede extrañarse ante este desfile de disparates (dirigidos). Pero, eso sí, los hechos de ahora poseen la cualidad de presentar las tendencias dominantes de una manera diáfana, o sea, impúdica. Parafraseando a Amalia Rodrigues, «todo esto existe / todo esto es triste / todo esto es chiflado».

7. Pero aquí surge precisamente el problema: resulta demasiado descarado. El arrimaje aprobatorio debe hacerse al modo de las compresas: sin que se note ni traspase. ¿Cómo mantener, de lo contrario, el engaño de que no tenemos un sistema educativo sino un sistema recreativo (en el mejor de los casos, no muy asilvestrado)? La Administración experimenta el temor de que aflore este fraude sistémico (que, por cierto, condena irremisiblemente a los menos favorecidos). Y entonces ocurre lo previsible, por decirlo al modo del capitán a posteriori Rénault:

—¡Qué escándalo, qué escándalo!, he descubierto que aquí se juega

—Sus ganancias, señor.

Recuerdo hace unos años, de cuando mis tiempos de sindicalistas, que propusimos llevar adelante una suerte de huelga de celo: aprobados —incluso sobresalientes, ¿por qué no?— para todos. Bastaba con aplicar en rigor la normativa existente: ambigua, personalista, sentimental, contextual, procesual, inclusiva, blablablá. Por desgracia no conseguimos convencer a un número significativo de profesores para que se embarcaran en esta misión subversiva (etimológicamente, darse una vuelta por debajo) que hiciera emerger las purulencias del sistema.

Ahora, de manera involuntaria, vuelve a presentarse este «fallo en la Matrix». Y la Administración se apresura en subsanarlo y repixelarlo. La Junta de Andalucía anuncia que ha abierto una investigación sobre los hechos. La directora ha preferido no dar explicaciones a los medios. Hace bien: todo lo que diga será utilizado en su contra. En el cargo va incluida la función de amortiguar cualquier desajuste susceptible de ser instrumentalizado políticamente (de esta manera, podrá o bien consolidar su complemento económico de manera vitalicia —previo informe favorable de la inspección— o bien acceder por vía de mérito a la anhelada inspección).

La Consejería desmiente el papel de la inspección, a la que controla directamente, pero deja caer el verdadero motivo por el que ha tomado cartas en el asunto: ¡nunca habían tenido un caso «tan llamativo» (sic) como este! ¡He aquí el problema!

El consejero J. Imbroda ha declarado: «Rechazamos lo que ha pasado. Defendemos la cultura del esfuerzo y el alumno tiene que demostrar que ha adquirido las competencias para poder aprobar». La triste realidad es que, dentro del populismo educativo en el que estamos, PSOE, PP y Ciudadanos aplican las mismas recetas fallidas (y Unidas Podemos las lleva aún más lejos). La cultura del esfuerzo es una etiqueta tan vacía de contenido como las que ponen en juego los otros partidos. De hecho, no se ha percibido ningún cambio reseñable en los centros educativos con el cambio de Gobierno en Andalucía (eso sí, algún chiringuito impresentable, como la AGAEVE, han sido clausurados).

El diario `El Mundo´ recoge que en el barrio «se ha corrido la voz de que si un padre reclama aprueban a su hijo» y aseguran que «no es el único caso ocurrido en este y otros centros». «Se regalan títulos y asignaturas y esto redunda en el nivel de los alumnos, que es cada vez peor». No deben preocuparse por que sus hijos estén discriminados: es la situación dominante en los centros públicos de nuestra comunidad.

Algunas conclusiones últimas para redondear el desconsuelo:

8. El Ministerio actual profundiza vía real decreto en la misma línea de ignorancia subvencionada. Puesto que la praxis está bien consolidada, el hecho de que se establezca normativamente no supone de por sí un empeoramiento… a no ser que dé pie a nuevas praxis más allá de la ley (aunque tampoco queda mucho margen, la verdad).

9. El nuevo profesorado ya se incorpora con el chip adecuado: ligero de equipaje de conocimientos, pero muy concienciado de que lo suyo es garantizar la felicidad del alumno y gestionar fofamente sus emociones para producir «autoestimas» a granel (en realidad, solo narcisismo y quejumbre). En el improbabilísimo caso de que —por alguna causa que solo imagino extraterrestre— adviniera un sistema educativo adecuado, sería inviable llevarlo a la práctica con el profesorado actualmente disponible.

10. Una consecuencia colateral es que el enseñante verdaderamente capacitado —por conocimiento y disposición— para enseñar está deseando emigrar a otras ocupaciones laborales. O ni siquiera llegue a entrar en la enseñanza. Ahora mismo, por ejemplo, existe un enorme déficit de profesores de matemáticas. No había ocurrido nunca antes. No en vano la palabra `matemáticas´ viene del griego μαθημα (mathema) y significa «estudio de un tema», o sea, refiere a contenido, materia, nada que ver con la enseñanza intransitiva y formalista actual.

Otro día hablaremos de cómo estas disfunciones sabotean de raíz la posibilidad de una democracia. No obstante, es justo reconocer que no en todas partes cuecen las mismas habas (al menos no con el mismo hervor). La ex ministra Isabel García Tejerino provocó un tsunami en Andalucía, incluso en su propio partido, cuando declaró que un alumno andaluz estaba dos cursos retrasados respecto a un alumno de la misma edad de Castilla y León. No era una deducción suya sino una transcripción de los resultados del PISA. Es probable que una situación como la descrita fuera inconcebible en la comunidad castellano-leonesa… al menos por ahora.

Y me gustaría terminar con algo esperanzador, pero, perdonen la tristeza, sinceramente no se me ocurre nada: la entropía está garantizada para varios años.

Aprovechemos, pues, el día.

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PULL FICTION. SOBRE CATALUÑA / 7. Algunos motivos para la esperanza

Pido la paz y la palabra

7. Algunos motivos para la esperanza

Una advertencia para acabar: estas no son más que guías para ponerse en marcha. Una suerte de brújula orientativa. Es imposible que exista una solución rápida. El secesionismo catalán y vasco van a sobrevivir durante mucho tiempo, pues invocan mecanismos atávicos y satisfacen muchas carencias psicológicas. Pero lo que debe importarnos es, de una vez por todas, empezar a movernos de una manera sostenible en la dirección correcta.

Sirva como base para la esperanza (en el doble sentido, que tanto gustaba a André Gide, al fundir en una sola palabra la `espera´ y la `confianza´) los hechos prodigiosos que ocurrieron con ocasión de aplicar —muy tímidamente— el artículo 155 constitucional.

  1. TV3 parecía una televisión casi normal, con intervenciones moderadísimas de sus difamadores más conspicuos.
  2. Los líderes del procés iban siendo sucesivamente encarcelados y esgrimían lo contrario que ahora, no solo que no lo volverían a hacer sino que no lo llegaron a hacer nunca: «únicamente —venían a decir— queríamos obligar al Estado a que se sentara a negociar; al no hacerlo, se terminó yéndonos de las manos». Todo era mentirijilla, acrobacia, vana peripecia.
  3. Carme Forcadell, que otrora arengaba a las masas a la desobediencia delante del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, lloraba ahora ante el juez y exponía una actitud que admitiría, sin forzar ninguna semántica, el calificativo de sumisa.
  4. Antes del 155, bastó un breve discurso del rey —claro y pletórico de verdades democráticas— para desarmar el marco mental que los secesionistas, desde mucho tiempo atrás, habían ido tejiendo (y regando con pecunio y alevosía). La onda expansiva de esas verdades, tan genuinas como (casi) inauditas, llegó hasta el último rincón de España y se propagó por Europa.
  5. Quizás el más luminoso fruto de esa subida de moral (en sentido dúplice) fue la manifestación del 29 de octubre de 2017 en Barcelona. Más de un millón de personas se congregaron, con banderas catalanas, españolas y europeas, a reivindicar la civilización. Y, con ella, la verdadera concordia y la verdadera reconciliación, las que se erigen a partir del respeto radical al otro y sin imponerle ninguna identidad ni jerarquía que no derive de los propios actos. 
  6. Dos meses después, un partido no nacionalista, Ciudadanos, ganaba las elecciones autonómicas en Cataluña.


Por desgracia, este valiosísimo capital se dilapidó. Muchos factores colaboraron en ello, no toca ahora analizarlos. La misma ausencia de fortuna (y de otras cosas) intervino para que el juicio a los golpistas del procés (febrero de 2019) se iniciara meses después de la resistible ascensión de Pedro Uy (junio de 2018). Perfilada la correlación de fuerzas, con las promesas sanchísimas guardadas en la manga, los líderes encausados ya sabían a qué atenerse. De esta manera, sus declaraciones ante el tribunal volvieron a la fanfarronada y el desafío. De no mediar el cambio de Gobierno, sobran los motivos para pensar que la actitud hubiera sido diametralmente opuesta (la misma, de hecho, que habían adoptado cuando el Estado, por una vez, decidió comparecer en Cataluña).

El discurso republicano) del rey contra los adalides del Antiguo Régimen

Todo esto existe, todo esto es triste, todo esto da enfado (que me perdone Amalia Rodrigues por la frivolidad). Sin embargo, no hay razones para pensar que los avances relatados sean irrecuperables. Y, ya que empezábamos esta serie examinando el artículo de Javier Cercas, que reducía su defensa de los indultos a una intransitiva fe en el Gobierno, yo prefiero depositarla en la recuperación de la rebeldía necesaria. Es un acto voluntarista, sí, pero que arraiga en lo mejor de nosotros y que genera valores. Y nunca hemos de olvidar que todo lo humanamente valioso va pavimentando el camino hacia la concordia y la reconciliación, no ya como entelequias ni trampantojo sino como conquistas civilizatorias.

Y, ya que hablamos de rebeldía, no hay mejor manera de terminar este monográfico que con las palabras de Albert Camus. Cambien Vds. `España´ donde él escribe `mundo´ y la frase adquirirá una sorprendente actualidad:

«Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea acaso sea más grande. Consiste en impedir que el mundo se detenga».


En avant!
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PULL FICTION. SOBRE CATALUÑA / 6. Cómo solucionar el problema catalán

6. Cómo solucionar el problema catalán

​Écrasez l’infâme!

En el tema de los indultos y, en general en todo lo relacionado con el problema catalán, no puedo evitar acordarme de esta escena de Los Simpsons: El director Skinner va de excursión con unos alumnos y uno de ellos se ve en un apuro (está a punto de ahogarse, creo recordar). Y, antes de lanzarse al agua, el director mira a los demás alumnos y les dice:

—Como director, voy a hacer algo que nunca he hecho.

(Mirada expectante de los alumnos).

—¡Algo!

Este es el principal reproche que cabe hacer a los respectivos gobiernos centrales, y el único contenido de verdad que posee la afirmación «Rajoy fue una fábrica de separatistas». Como decía Antonio García-Trevijano, en tanto que garantes máximo del cumplimiento de la ley, el nombre que corresponde a esta actitud es prevaricación.

Aunque, claro, aún peor que el laissez faire de González, Aznar o Rajoy, es la actitud proactiva de ZP o la de su discípulo más papista: PS. ¿Cómo olvidar aquella frase de Zapatero, luminosa como todo su ser, vertida en 2006: «Dentro de 10 años España será más fuerte, Cataluña estará más integrada y usted yo lo viviremos»?

Empezamos con las intervenciones que pueden ir resolviendo el conflicto de manera específica (o sea, en el estricto ámbito catalán) y pasamos luego al ámbito general o nacional.


I. DE MANERA ESPECÍFICA

1. En primer lugar, con un diagnóstico certero. El problema catalán no es otro que la quiebra del Estado de Derecho. Cataluña ha devenido en territorio completamente refractario a los principios que vertebran las sociedades civilizadas. No me extiendo sobre esta cuestión porque ya Félix Ovejero, en su artículo «El verdadero problema catalán», lo describe a la perfección.

2. En segundo lugar, no repitiendo las respuestas que han generado y agrandado el problema. En Cataluña, como se dice en psicología sistémica, «el problema es la solución». Es decir, lo que se presenta como solución es precisamente lo que nutre al problema. El primer objetivo es, pues, dejar de agravarlo. El `apaciguamiento´ solo ha sido una fábrica de separatistas. Es interesante preguntarse por qué los catalanes y vascos del otro lado de la frontera, con la misma «identidad nacional» (fuere lo que fuere esto), no dudan en declararse como franceses, no reclaman ningún privilegio (ni siquiera la cooficialidad de sus respectivas lenguas) y no plantean el menor desafío al Estado francés.

3. En tercer lugar, reinstaurando el Estado de Derecho. En Cataluña no hay respeto cabal a la ley, no hay igualdad y no hay libertad política. Una cuestión previa a cualquier arreglo, sería restablecerlos con la firmeza debida. El movimiento generado alrededor del 1-O condujo a ocupar ilegalmente escuelas, atacar a la policía, vandalizar las calles, desobedecer a los jueces, acosar a fuerzas de seguridad y a ciudadanos «no creyentes», señalar, insultar y humillar a niños en los colegios, apropiarse de datos personales, malversar dinero público… Estos no son hechos aislados sino, a lo sumo, concentrados. Todo este horizonte de impunidad debe desaparecer por completo.

4. En cuarto lugar, es necesario acabar con todos los beneficios secundarios de declararse nacionalista. Desde hace muchos años, no hay mejor ascensor social en Cataluña que ser nacionalista; tampoco hay mejor negocio ni inversión. Es transversal a todos los oficios, cargos y ocupaciones. Todo lo contrario que ser constitucionalista, equivalente, en el mejor de los casos, a la expedición de un certificado de invisibilidad civil.

5. En quinto lugar, combatir con razones las mentiras del secesionismo: sus cuentas y sus cuentos (balanza fiscal, las supercherías de la identidad…). Por encima de todo, explicar que no existe ni puede existir ningún derecho a convertir en extranjeros a la mitad (o más) de la ciudadanía. También plantear, con paciencia y transparencia didácticas, las cuestiones insolubles que acarrea un referéndum (¿quién decide el cuerpo electoral?, ¿se aplica la misma lógica autodeterminista para las provincias con una mayoría —favorable o en contra— distinta a la general?, ¿por qué se concede entidad nacional a Cataluña y no a Tabarnia o al Valle de Arán?, etc.). Curiosamente el proyecto de Tabarnia sí entra dentro de la Constitución; la segregación de Cataluña, no. 

6. En sexto lugar, es necesario yugular las vías por donde se inocula el adoctrinamiento y el odio a España: TV3 y la escuela. Es imprescindible que la Alta Inspección (¡que dispone de un solo funcionario para toda la comunidad autónoma!) reciba una dotación adecuada y se ocupe de supervisar libros de texto, currículos, actividades, selección del profesorado, de la inspección, así como cualquier anomalía legal (que supone un porcentaje altísimo respecto del `hecho educativo´ global).

7. Es necesario acabar con la inmersión lingüística, que lesiona tantas normas y principios éticos, jurídicos y políticos. Y que constituye el punto de partida de numerosas disfunciones democráticas (el doble de fracaso escolar en quienes tienen como primera lengua el español; el refuerzo de la idea de que el verdadero catalán es el que tiene muchos apellidos catalanes y el idioma catalán como lengua materna, etc.).

8. No puede tolerarse que haya ciudadanos de primera y segunda clase. Esta jerarquía de casta patronímica proviene ya de la época de Franco, el cual mantuvo una actitud muy agradecida —respaldada con hechos— hacia las oligarquías nacionalistas vascas y catalanes, que tanto le apoyaron en su victoria (de hecho, en esas dos regiones hubo mucha menos represión que en el resto de España, ¡no hacía falta!).

La estrella central de la estelada

II. DE MANERA GENERAL

“Edificar con la razón, la experiencia histórica y la tolerancia como instrumentos”

  1. En España existe un déficit importante de cultura democrática. Nunca se ha abordado esta formación cívico-política, sin la cual la democracia degenera inevitablemente en populismo. Algunos de los aspectos más relevantes serían, por ejemplo: el reconocimiento de la supremacía de la ley abstracta como eje vertebrador de la convivencia; la indecidibilidad de los derechos individuales; la primacía de la lógica de participación sobre la de la pertenencia; el prestigio del pensamiento complejo y no-dicotómico; la identidad como tarea exclusivamente individual (la expresión «luchar por construir la identidad nacional», además de una majadería, supone reconocer que tal identidad no existe), etc.
  2. Cambiar la ley electoral para que una minoría irrelevante no condicione decisiones trascendentales de todo un país. Es necesario establecer un sistema más proporcional y arbitrar fórmulas como las que rigen en Alemania, donde se fija un mínimo de un 5% del censo nacional para poder entrar en el Congreso de todos.
  3. Reformar el estado de las autonomías. La deriva actual nos lleva al desastre a través de una dinámica onfaloscópica que se retroalimenta ferozmente. Incluso comunidades tan poco sospechosas de patriotismo chico como Asturias reivindican la oficialidad del bable. Sin duda, resulta muy rentable, a efectos populistas, activar el interruptor tribal por la vía del agravio (que permite cerrar filas ante la pérfida —más que otrora lo fuera Albión— España) y cultivar la clientela, cerrando la posibilidad de desembarco laboral de otros españoles (el hecho de disponer de idioma propio permite más fácilmente la criba, pero hace tiempo que se usa con la misma finalidad discriminatoria el acento). A corto plazo, debería establecerse un sistema de financiación de las autonomías según parámetros objetivos (no graciables), así como la erradicación de cualquier atentado a la igualdad entre españoles (todos los exámenes y pruebas de acceso se deberían hacer en español; posteriormente, se podría conceder, en su caso, un tiempo razonable para que el seleccionado acreditara un dominio razonable de la lengua cooficial).
  4. Recuperación de competencias del Estado central. Ni siquiera en los estados federales (como Alemania, Austria o EEUU) existe el nivel de autonomía del que gozan nuestros caudillos regionales. Eso genera innumerables problemas, agravios, discriminaciones, muertes (véase la pandemia actual), ineficiencia, redes clientelares, nepotismo, corruptelas y adoctrinamiento educativo.
  5. Reformar el sistema educativo para que proporcione el arma del conocimiento a todos los alumnos. La debacle de la enseñanza actual —clasista, violenta, cretinógena—es el punto de partida de muchas otras debacles. Especialmente ha de garantizarse que los centros de enseñanza sean un espacio acogedor al saber y hostil a cualquier tipo de adoctrinamiento.
  6. Liquidar el clientelismo político y el subvencionismo como práctica administrativa omnipresente. Cualquier donación de dinero público ha de ser transparente, justificada y basada en el interés general. Asociaciones, sindicatos, subvenciones… Hay tanto por recortar. Las televisiones públicas son también una fuente inagotable de despilfarro y sectarismo. Únicamente cobran sentido si se diseñan como instituciones totalmente independientes de los gobiernos, al estilo de la BBC.
  7. Reformar la Administración. En España, la Administración pública está hipertrofiada (en gran medida para `vaselinizar´ lo descrito en el punto anterior). Es necesario reajustar sus dimensiones y garantizar los principios vertebradores de mérito, capacidad, igualdad, transparencia y servicio con objetividad al interés común. Especialmente importante es la reforma de la Administración de Justicia.
  8. Garantizar la separación de poderes. En el momento actual contemplamos cómo un partido en clara minoría —120 diputados, un tercio de la cámara baja— dispone de un amplio dominio que, más allá del poder Ejecutivo, se alarga tentacularmente hacia la Administración, el Poder Legislativo y el Poder Judicial (nombrando y desnombrando a Fiscales y Abogados del Estado, según conveniencia; o preparando el asalto —por ahora, parcialmente fallido— a los más altos tribunales a través de la CGPJ). Es necesario un viraje radical en este deficiente diseño institucional de contrapoderes.
  9. Acabar con la partitocracia. Muchos de los apartados anteriores son posibles gracias a que las oligarquías partidistas asumen la soberanía efectiva del país, colonizando las instituciones. Sobran muchísimos políticos en España, pero sobre todo sobran aquellos —casi todos— que se ocupan no de la gestión de los asuntos comunes sino de mantener una estructura de poder autorreferente —el partido— sin bizquear siquiera mínimamente hacia la ciudadanía.
  10. Control del gasto público. Estamos hipotecando a las generaciones venideras con un nivel de gasto insostenible. Lo más triste es que ese desembolso enorme no tiene como destino preferente la mejora de la sanidad, del empleo, de la enseñanza o de los sistemas de protección social, sino que se dedica al mantenimiento de las redes clientelares (ese inmenso entramado de cargos públicos, subvenciones y asociaciones parapolíticas) según un modelo inequívocamente extractivo.
La forja de un rebelde

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PULL FICTION. SOBRE CATALUÑA / 5. La catalanización de España

5. La catalanización de España


«Cómo me gusta Tractoria, joder»

La «trabanqueta» que los secesionistas hacen continuamente al Gobierno, este la aplica a sus otros dominios (o sea, a los españoles no secesionistas, a la oposición, a todas las instituciones del Estado…). El modelo catalán, justo es reconocerlo, está mejor engrasado. En muchos aspectos, Sánchez tiene todavía que aprender de la escuela catalana para que su dominación sea aún más redonda.

Un par de ejemplos muy recientes:

—a) En mi tierra —casi africana para los secesionistas septentrionales— es frecuente escuchar a aficionados taurinos declarar que pagarían únicamente para ver cómo hace el paseíllo Curro Romero. Ya lo dijo otro célebre diestro: «hay gente pá tó» y, además, cada uno se gasta su dinero en lo que quiere. Sin embargo, según acreditan ciertos medios periodísticos, el muy ridículo paseíllo con Biden ha costado a los españoles 6´3 millones de euros; fue lo que el Gobierno tuvo que aportar para un proyecto impulsado por Kamala Harris, la persona con quien se concretó el acuerdo. A pesar de que Joe Biden —quizás no muy complacido con las conexiones chavistas y las permanentes fiestas del chivo de nuestro Gobierno— está favoreciendo intereses marroquíes que colisionan directamente con los nuestros, la prioridad del Gobierno se focalizó en pagar más de seis millones de euros para que Sánchez obtuviera una imagen mediática con fines exclusivos de propaganda personal. Los catalanes en esto de «cautivar voluntades», sin duda, son mucho más profesionales e invierten el dinero (público) con mayor eficiencia (privativa).

«Señor Importante, solo le pido la voluntad, lo que quiera darme»

—b) Al presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, se le concede la Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco, la máxima condecoración castrense. Está reservada a aquellas personalidades que han realizado una excepcional contribución a la Defensa de España. El Ejecutivo no informó de esta decisión ni en la rueda de prensa de cada martes ni en la referencia escrita posterior. Fue algo sobrevenido de manera grácil e imprevista. Solo 24 horas después —sin duda, hubiera sido preferible, a efectos de disimulo, esperar un poco más, pero la urgencia de zurcido narrativo era máxima—, Antonio Garamendi mostraba expresamente su apoyo a los indultos. Yo siento mucha curiosidad por conocer la «excepcional contribución» que ha hecho esta persona «a la Defensa de España», pero me temo que soy el único que se lo pregunta.

Centrándonos en sus palabras sobre los indultos, en realidad, son únicamente útiles en un país en el que todo se clasifica según lógica binaria: a favor o en contra, Sí o No, 1 o 0. Pero si atendemos nudamente a lo que dijo Antonio Garamendi («Si acaba en que las cosas se normalicen, bienvenidos sean los indultos») hallamos una clara estructura condicional. Y en Lógica es bien sabido que todo condicional con un antecedente falso genera una implicación correcta: «Si yo nací en las Galápagos, soy el Papa de Roma» es un condicional lógicamente impecable (0 –> 0 = 1). Si los indultos (o beber agua con cucharilla de plástico, andar por casa a la patita coja mientras se recita un poema en sánscrito o cualquier extravagancia que se nos ocurra) provocan «que las cosas se normalicen», en ese caso, y solamente en ese caso, hay que darles la bienvenida. En puridad, no ha dicho nada. Todo lo más, una tautología: si los indultos son buenos, entonces son buenos. Y no me cabe la menor duda de que así lo presentará ante los empresarios a los que representa, muy mayoritariamente nada contentos por desaguar tan fuera de tiesto; al tiempo que el Gobierno las contabiliza e instrumentaliza como apoyo.

Es justo reconocer que, poco a poco, el Gobierno ha ido tejiendo, con los incentivos más antiguos del mundo, una imagen de sociedad civil que secunda los indultos. No obstante, la cruda realidad es que el rechazo —si creemos las encuestas disponibles— resulta abrumador… ¡incluso en los propios votantes del PSOE o en dirigentes históricos de esta formación!

Podríamos poner muchos más ejemplos de condicionamiento operante gubernamental (vía refuerzo, omisión o castigo), pero lo que de verdad importa ahora es señalar que estas actitudes, tan ausentes de arraigo en el interés general como huérfanas de razones públicas, favorecen la rima (literalmente con quien sea), así como los más reales dispárates (permítaseme la expresión neologal para nombrar las arbitrariedades que son expelidas con pólvora del rey).

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PULL FICTION. SOBRE CATALUÑA / 4. Lledoners Resorts



Piscina de Lladreners. Ideal para practicar el salto de trampolín a la ley y a la democracia


El trato que recibían los presos en la cárcel podemos calificarlo de máxima confortabilidad (al menos desde que fueron trasladados a Cataluña): con permisos ad hoc para salir a la calle casi a diario, barra libre de visitas (la media, según informa un funcionario de allí, oscilaba entre las 50-60 personas a la semana por cada preso), fiestas, chef para atender sus preferencias gastronómicas, acceso ilimitado a la piscina, conciertos todas las semanas al gusto de tan selectos presos… La inmensa mayoría de españoles veranean en condiciones mucho peores. El caso más significativo es el de Junqueras que podía deambular a su antojo por el recinto penitenciario, sin compañía de ningún funcionario de prisiones (privilegio concedido nada más llegar), y que disponía de despacho propio, con ordenador y wifi, situado al lado del de psiquiatría (al menos la ubicación sí era muy acertada).

Plaquita colocada en el despacho de cárcel de amor de Junqueras. Solo para altas negosiasiones y conspirasiones.
(Aquí recibió a Pablo Iglesias y a los líderes de CCOO-UGT)

Pero no todo el mundo se lo pasaba tan bien en Lledoners. Los funcionarios de prisiones que pretendían hacer su trabajo han denunciado acoso laboral permanente, el 33% de la plantilla ha sido expedientada y la mitad de los mandos intermedios (seis de doce) está de baja por ansiedad. Los trabajadores denuncian «una caza de brujas». Hace poco se manifestaron a la llamada de la asociación Marea Blava Presons, en la barcelonesa plaza Sant Jaume, para respaldar a los funcionarios de prisiones y pedir el «fin de los abusos», de las «agresiones» y de las «inspecciones ideológicas».

La subdirectora general de Centros y Gestión Penitenciaria, Paula Montero, que era la directora de Lledoners cuando los políticos independentistas empezaron a cumplir su prisión preventiva, ha dejado muy clara cuál es su oscura filosofía: «El modelo penitenciario avanza como marca la sociedad y quien no quiera colaborar lo tendrá negro». (la negrita es nuestra, el deseo azabache de ella). Es preceptivo, pues, ser `colaboracionista´ sin que sirva para renegar la pobrísima coartada de que un funcionario esté obligado a cumplir la ley, ya que esa actitud deviene inequívocamente «facha» cuando contraviene los Principios Supremos del Movimiento Secy (acrónimo de secessionisme amb seny). Se trata de una aplicación más de la doctrina totalitaria ab uso: no obedecemos a la ley sino a la sociedad; y la sociedad es interpretada (y pastoreada, incentivada, coaccionada…) exclusivamente per nosaltres.

«No estamos lokos
Que sabemos lo que queremos»

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PULL FICTION. SOBRE CATALUÑA / 3. Un golpe de Estado que ha traído, y va a seguir trayendo, muchos panes bajo el brazo

3. Un golpe de Estado que ha traído, y va a seguir trayendo, muchos panes bajo el brazo

¡¡Evasión con Victoria!!

El indulto no es sino una avanzadilla de las compensaciones que exige el secesionismo. Algunos ejemplos a vuelapluma:

  • Ya existe un compromiso para reformar el Estatut concediendo más competencias a Cataluña (conviene recordar que el Tribunal Constitucional tuvo que recortar varios artículos del anterior).
  • El Gobierno ha declarado su intención de reformar el Código Penal para suprimir o cambiar sustancialmente el delito de sedición (lo cual tiene una ventaja añadida: si los indultados cumplen su palabra y vuelven a hacer exactamente lo mismo, ¡ya no serían reincidentes!).
  • Cataluña se lleva casi el 40% de los 11.785 millones del Fondo de Financiación para el tercer trimestre de 2021. O sea, casi la mitad del fondo común para diecisiete comunidades autónomas.
  • Cataluña recibe casi la mitad de los 3.000 millones de fondos europeos; en concreto, 1.487 millones.
  • El ministro Iceta proclama que es el momento de avanzar en el modelo de Estado federal. Otro socialista de pro (quo), José Montilla, ya expresó con tenebrosa claridad cuál sería la primera prioridad: «el dinero de Cataluña para los catalanes». ¿Se imaginan a alguien del barrio de Salamanca diciendo algo por el estilo?: ¡queremos que el 100% de nuestros impuestos se invierta exclusivamente en nuestro distrito!
  • Sánchez y Aragonès pactan reanudar en septiembre la mesa de diálogo (bilateralmente entre España y Cataluña, lo cual ya supone regalarles el encuadre). El lugar de inicio de la «conferencia de paz» será Barcelona, lo cual también posee su simbolismo legitimador. El presidente catalán ya ha avisado de que el punto de partida es la autodeterminación y la solicitud de amnistía (para los recién indultados y para las tres mil personas encausadas por el procés). A saber cuál será el punto de llegada.
  • El PSOE, Podemos y los nacionalistas exigen que el Tribunal de Cuentas deje de investigar los innumerables casos de corrupción alrededor del procés. La doctrina al menos es coherente y se aplica ubicuamente: cualquier cumplimiento de la ley estorba la `solución final´ del conflicto.

Tres grandes líneas concesionarias, pues:

—«Adaptación» del marco legal: cambiar el Código Penal, el marco estatutario, y quizás también la Constitución.

—Impunidad: obtener bula no solo para romper España y hacer extranjeros a la mitad de los catalanes, sino también para perpetrar cualquier corrupción en su nombre. Invocar el nombre del catalanismo para delinquir se convierte así en una suerte de agua bendita que todo lo purifica.

—Rentabilidad económica: como las señaladas y otras que —nadie lo duda— irán surgiendo.

Conseguir todo esto a cambio de tres años de cárcel (en el siguiente apartado nos ocuparemos de las acogedoras condiciones presidiarias) parece una inversión bastante interesante. Es muy difícil abandonar cualquier «vicio» (en un sentido amplio) cuando el coste es pequeño y las ventajas secundarias son enormes. ¿De dónde iba a salir el martillo verdugo de esta cadena?

El procés no solo no ha sido derrotado —tal como exigía el espíritu democrático— sino que, con Sánchez, el mismo modelo, impune y corrupto, se impone —cual perversa mímesis ensanchizada— en el Gobierno de España. Quizás por eso los secesionistas sean los únicos a los que Sánchez no es capaz de engañar. Rufián lo trata, incluso desde la tribuna parlamentaria, como a su petite salope. Y el presidente responde invariablemente dando las «Gracias». Ya veremos qué margen dejan los secesionistas para lo que, sin duda, toca a continuación: el referéndum de autodeterminación «pactado» (¿no sería más exacto «consentido»?). En el día de hoy, 30 de junio, se ha producido en el Congreso esta conversación de Rufián a… Sánchez: «Hoy ha dicho que no habrá referéndum de autodeterminación. Bueno, también dijo que no habría indultos. Denos tiempo».

«Y si no, te los corto…» (Maki Rufián, el último suplisio que queda)

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PULL FICTION. SOBRE CATALUÑA. / 2. Requisitos mínimos para empezar a considerar la posibilidad de indulto

2) Requisitos mínimos para empezar a considerar la posibilidad de indulto

Sin duda, los secesionistas tienen buenos motivos para señalar la debilidad como la causa última de los indultos. No obstante, es necesario aclarar que, primariamente, se trata de una debilidad del Gobierno, no del Estado. De manera secundaria, sí apunta a una debilidad más sistémica, en tanto que delata la ausencia de mecanismos institucionales que puedan impedir que un Gobierno trafique con cosas esenciales para su beneficio más intransitivo. No soy capaz de pensar en ningún país democráticamente maduro donde este tipo de actuaciones pueda darse.

El secesionismo se caracteriza por una ideología antiliberal y antidemocrática y por una praxis de barbarie: como tenemos razón (o nuestras razones), podemos saltarnos las leyes que consideremos injustas y, en general, hacer lo que creamos conveniente; siempre, eso sí, en nombre del Pueblo, fútil hipóstasis de la peor quimera. Esto no es una interpretación sino una transcripción prácticamente literal: nauseabundan los ejemplos en los que líderes secesionistas proclaman su decidida voluntad de insumisión a la ley (sobre todo de aquellas que plantean una cierta recentralización estatal —por timorata que sea—, como fueron la Ley de Calidad y la LOMCE). Es lo mismo que hacía Al Capone, pero con menos metralletas —por ahora— y muchos más ditirambos.

Toda dinámica totalitaria se retroalimenta y margina a quienes muestran alguna dosis de moderación o de posibilismo (por ejemplo, un Santi Vila). Después de demonizar eficazmente a España, el camino queda expedito para los «exorcistas» más radicales. De esta forma, se perfila una competición donde el estatus de privilegio y las ventajas electorales van a parar siempre a los más ultramontanos, extremistas e intransigentes.

Concordia y reconciliación al modo del procés

Lo verdaderamente preocupante es cuando esa actitud funciona, no solo con los fosfóricos forofos, sino también con el Estado. Como el indulto estaba garantizado a priori (muy probablemente desde la moción de censura), es coherente —por básica teoría de juegos— que no se hayan tomado la molestia de solicitarlos personalmente. Para qué disgustar, sin ninguna necesidad, a la hinchada y rebajar el propio estigma heroico-sufriente. Y esta no es una cuestión baladí o puramente formal. Que ellos solicitaran personalmente una medida de gracia a la autoridad legítima (el Gobierno de España), era un paso absolutamente necesario… aunque muy lejos de ser suficiente.

El siguiente paso necesario (y no suficiente) hubiera sido el reconocimiento público de la voluntad de acatar el marco constitucional y el compromiso de no volver a atentar contra él. Es verdad lo que han dicho algunos apologetas de los indultos: el arrepentimiento en sí mismo es irrelevante e inexigible (allá cada cual con sus conciencias). Es verdad pero no toda la verdad: el arrepentimiento posee un valor indirecto como medio auxiliar de garantizar que no regresarán a las anda(na)das.

Aquí hay un matiz importante que suele pasar desapercibido: la «carga de la prueba» (o el problema, la iniciativa, la necesidad de meritar, como queramos llamarlo) corresponde a quien quiere ser indultado. Es él el que tiene que esforzarse por que parezca creíble y aceptable su petición. La expresión de arrepentimiento es un simple medio disponible, no un requisito. El condenado está en su derecho a no usarlo (en efecto, no podemos invadir su ámbito moral exigiéndolo). Ahora bien, si prescinde de él, tendrá que utilizar otros que posean igual o superior eficacia para los fines que se persiguen: convencernos de la razonabilidad de su petición.

España puede tener la inmensa generosidad de permitir que haya partidos que defiendan objetivos políticos inconstitucionales (como la ruptura de España), pero nunca puede tolerar que utilicen procedimientos coactivos (en un sentido amplio) para imponerlos. No puede existir la menor incertidumbre, después de una condena por sedición (que tuvo que ser también de rebelión), que los gravísimos hechos delictivos nunca pueden volver a repetirse. Eso es lo que debe quedar completamente asegurado antes de empezar a considerar cualquier petición de indulto.

«Pueden engañarnos» —alegan algunos. En efecto, es posible que proclamen su arrepentimiento sin estar en absoluto arrepentidos. Pero, al hacerlo, estarían reconociendo la superioridad moral del Estado al que se dirigen. Como decía La Rochefoucauld: «La hipocresía es el tributo que el vicio rinde a la virtud». Esta hipocresía (o mentira) tendría un importante efecto anti-inflamatorio sobre el discurso secesionista. Sin duda, la mise en scéne de líderes como Cuixart o Junqueras, que se nutre de una iconografía de inspiración religiosa (en la subvariante mártir), cambiaría totalmente. Y contribuiría así a rebajar la épica de baratillo (de indudable corte fascistoide) y el victivismo que usan hasta la sauciedad.  

Sin embargo, de manera completamente injustificable (visto siempre desde el interés general), este Gobierno les ha eximido de este y de cualquier otro coste que debilitara su relato base. En ningún momento han dejado de desafiar al Estado, de tratarlo como represor, vengativo e injusto, y de reiterar su intención de Begin the Beguine. Es absolutamente irracional e injustificable —a partir de una óptica de democracia mínima— conceder un indulto en estas condiciones. También resultaría ininteligible si no conociéramos los modos y morros de la Administración Sánchez.

Estas exigencias son mínimas y únicamente pondrían en marcha la posibilidad de empezar a considerar una respuesta magnánima por parte del Estado. Pero el escenario se plantea perversamente invertido: en vez de esforzarse los presos por demostrar que la situación ha cambiado totalmente y ofrecerse como garantes de la restitución de la democracia en Cataluña, se esfuerzan en exhibir justo lo contrario: el inicio de una fase superior del golpe en marcha. El Gobierno, por su parte, degrada la justicia presentándola como «venganza» y se afana en ofrecer lo que no le pertenece para disuadir a los nacionalistas de que le sigan apoyando. Tout à l’envers.

Otro buen ejemplo de dilapidación del bien público y de abandono de cualquier exigencia ético-política, para seguir gobernando, lo constituye el trato dispensado a los presos de ETA. Estos obtienen todo tipo de beneficios penitenciarios a despecho del `mínimo común púdico´: colaborar en el esclarecimiento de los crímenes de la banda que están sin resolver. Por esta opacidad criminal, hay víctimas continuamente revictimizadas (una suerte de atentado que se prolonga y actualiza a través del tiempo, y que provoca un duelo siempre incompleto). Naturalmente, también en estos casos, es forzoso que cualquier beneficio penitenciario esté condicionado a la expresión de aquiescencia a la norma compartida y, por supuesto, al compromiso de compensar a las víctimas, sin recurrir a las triquiñuelas habituales para eludir las sentencias judiciales (empezando por Arnaldo Otegi, maestro en estas lides). En otras palabras, mostrar respeto a las reglas del juego comunes que nos permiten instituirnos como civilizada sociedad (y no asilvestrada zoociedad, como decía Mafalda). Sin embargo, el Gobierno, en vez de exigir algo tan elemental, los recompensa; y en Euskal Herria se les celebra y agasaja como heroicos gudaris. Son precisamente aquellos que han solicitado perdón y han recuperado algo de humanidad, los que, al finalizar su presidio, han de esconderse o marcharse, para que su «mal ejemplo» no corra el menor riesgo de ser emulado. Tout à l’enfer.

Progresando como los cangrejos
Martirio, divino tesoro
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